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domingo, 30 de agosto de 2015
Si me van a crucificar, por favor, usen clavos y no tornillos
Queridos lectores,
Hace tres semanas publiqué un post donde explicaba la desagradable situación por la que está pasando el sistema científico español. Lo ejemplificaba con el caso de mi organismo, el CSIC (el organismo de investigación más grande de España), pero el problema no sólo está afectando gravemente a esta agencia estatal sino también a las Universidades y a otros organismos públicos de investigación. Explicaba en ese post que, con la excusa de auditar una tercera vez las cuentas de los proyectos ejecutados en el sistema de ciencia español, se estaba produciendo un verdadero espolio de recursos que, de hecho, estos centros de investigación no poseen; y que por tanto la quiebra de los diversos centros de investigación, a lo largo de los próximos años, es inevitable sin un cambio decidido de rumbo. Comentaba también que esa actitud espoliativa, disfrazada de una rigurosidad administrativa en realidad ausente, no sólo serviría para recortar aún más los fondos del sistema de ciencia español, sino que en el proceso se intentaría proyectar sobre los científicos españoles una imagen de ineptos, cuando no de aprovechados y corruptos, usando para ello esa artificialmente creada imagen de mala gestión de los fondos recibidos. Indicaba que esa denigración pública era estrictamente necesaria para que la mayoría de la población acepte, e incluso vitoree, la destrucción del sistema de ciencia español, quemado al tiempo que denigrado en plaza pública.
Algunas personas me han hecho notar que, como cabía esperar, en los diversos foros de internet donde se han hecho eco del post han llovido comentarios muy negativos, en los que vitriólicamente se han vertido toda una serie de afirmaciones simplemente falsas y denigrantes sobre el sistema de ciencia español, sobre los científicos españoles, y por supuesto sobre mí mismo. Tal cosa es norma para los posts de la serie "Mi colapso y yo" (que describen el declive de mi entorno profesional en esta sociedad en declive), y en general hago caso omiso de tanta tontería y tanta barbaridad como llego a leer, en el espíritu de no alimentar al troll; y también porque cuando se le cuestiona a uno mismo la respuesta ha de ser muy cuidadosa, so pena de parecer que está uno defendiendo sus privilegios adquiridos en vez de estar explicando un devenir muy negativo de los acontecimientos (por lo demás muy similar al de otros colectivos que trabajan en el sector público o privado) que perjudicará al conjunto de la sociedad. Justamente, una de las más importantes victorias del discurso actualmente dominante es la aceptación por parte de la sociedad de su segmentación, de modo que la gente tiende a agruparse por colectivos que compiten entre sí, hasta el extremo de que algunas personas se llegan a alegrar cuando las cosas les van mal dadas a los pertenecientes a un grupo distinto del propio.
En esta ocasión, sin embargo, he querido hacer una serie de aclaraciones, más que nada con la voluntad de servir mejor a la sociedad para la cual trabajo, la cual incluye a los esforzados trolls que atacan a lo que digo y a mi con poca fortuna. Espero que, con la ayuda de este post y dándoles mejores referencias, puedan urdir ataques de mejor calidad y más devastadores. Y es que, ya que tenemos los científicos que ser embreados y emplumados, que por lo menos sea con argumentos con un mínimo de categoría intelectual, y no con tres gruñidos cargados de lugares comunes, que además son fácilmente desmentibles echando abajo un esforzado y meritorio troleo de días.
Antes de comenzar, me gustaría dejar bien clara una cosa. Yo ya sé que el destino de la ciencia es tener cada vez menos fondos e ir perdiendo peso en la sociedad, hasta prácticamente desaparecer. No hablo aquí de la investigación pública solamente, o de la que se hace en España específicamente; como bien sé cada vez que viajo (y viajo mucho por motivos de trabajo) y que hablo con mis colegas de otros países, el problema es generalizado y sucede en todos los continentes, y afecta por supuesto a Grecia, Italia y Portugal, pero también a Francia, Alemania, el Reino Unido, Japón o los EE.UU.: en todos ellos, tanto en el sector público como en el privado, el presupuesto para investigación realmente ejecutado (no el típicamente muy publicitado presupuestado, sino el realmente se gasta) disminuye desde hace ya algunos años. Algunos países, como España, están más avanzados en esta ruta de descenso, y otros la están simplemente comenzando. En unos pocos países el dinero invertido en ciencia aún aumenta, aunque con la cada vez más evidente recesión mundial encima lo más probable es que los recortes empiecen a ser notorios incluso para éstos. No me quejo de esta situación: repetidas veces he comentado que éste es el destino lógico y natural de la ciencia, en la actual situación de pérdida de recursos que se inscribe dentro de la lógica de esta crisis que no acabará nunca. El post que menciono en la entrada de este artículo, igual que los otros que fueron denigrados anteriormente, forman parte de una serie llamada "Mi colapso y yo" (si lo desean pueden leer los posts de la serie siguiendo los enlaces siguientes: 1, 2, 3, 4, 5 y 6). Esta serie tiene un doble objetivo para mi. En primer lugar, para desahogarme, explicando los problemas de mi día a día (y no todos: por razones obvias hay cierta información que no puedo revelar). En segundo lugar, como un ejercicio de honestidad: si en este blog describo los problemas de la sociedad delante del peak oil (y sobre todo de su mala gestión) y se habla del posible (aunque aún evitable) colapso de la sociedad, uno debe ser consciente de que los que colapsan no son sólo los otros, sino uno mismo, y por tanto el ejercicio autocrítico e introspectivo de esos posts me sirve para objetivar que yo también estoy colapsando, aunque sea con un ritmo propio más lento que el de la mayoría de la sociedad.
Dicho lo cual, pasemos ya a analizar algunos tornillos con los que algunos opinadores de internet han intentado clavar a los científicos, e incidentalmente a mi mismo, a un improvisado madero.
Una de las fijaciones de algunos opinadores es una obsesión malsana contra los funcionarios. Incluso en otros posts, en los que quizá hablo de problemas en la producción de un determinado tipo de petróleo o de cuestiones ambientales, no es raro encontrar el que denosta todo lo que digo porque proviene de un funcionario. Siguiendo esa línea de razonamiento, esta gente llega a la conclusión de que todo el que es funcionario consiguió la plaza por poco más que su cara bonita y vive sin dar ni golpe. La primera cosa que convendría aclarar es que funcionario es una categoría laboral, y no un trabajo; por así decirlo, es un tipo de contrato. Saber que alguien es funcionario no nos dice más sobre qué trabajo realiza que saber si su contrato es por obra y servicio o indefinido. Entre el colectivo de científicos de este país hay una parte que son funcionarios, tan funcionarios como el policía, la médico, el bombero o la maestra. En realidad, si uno mira la composición laboral del sector público científico en España resulta que la mayoría son laborales, es decir, no son funcionarios, y de éstos la mayoría no son indefinidos, sino que tienen contratos de carácter temporal (en el CSIC los contratos temporales representa el 40% de toda la plantilla). Se cae aquí en la vieja falacia de llamar "funcionario" a todo trabajador público, es decir, toda persona que esté contratada por una administración, generalmente por sueldos bajos y con condiciones laborales que no son mejores que las del mercado. Yendo ya a describir mi caso concreto, ciertamente soy funcionario, concretamente Científico Titular de Organismo Público de Investigación, y estoy en esta situación desde el 21 de Julio de 2008, cuando tenía 38 años. Yo no elegí ser funcionario; simplemente, se presentó la oportunidad al abrirse una oposición que tuve la fortuna de ganar; de otro modo, seguramente tendría que haberme marchado de España, al acabarse mi contrato Ramón y Cajal. Personalmente, me sería igual ser laboral, en tanto que pudiera mantener una cierta estabilidad para desarrollar mi trabajo, y no me importa ser evaluado por él. El concurso-oposición en el que saqué la plaza era muy exigente, consistiendo en una prueba de méritos en la que se evaluaba la carrera científica de cada candidato, y una oposición, en la que desarrollabas un programa de investigación para al menos 10 años y tenías que responder a las críticas del tribunal, a veces muy aceradas. Comento esto porque otro error común (otro tornillo) de los trolls anti-funcis es pensarse que todas las oposiciones a funcionario consisten en empollarse un temario; se ve que no tienen amigos que se hayan presentado a las de médico o a las de bombero.
Otro tornillo es el de la supuesta pereza de cualquiera que sea funcionario. En mi caso concreto,desde que soy funcionario trabajo todavía más horas de las que ya trabajaba antes: en media hago entre 50 y 60 horas a la semana. Mi trabajo no tiene límites horarios, entre otras cosas porque hay plazos de entrega, contratos que cumplir y obligaciones que se exigen (volveré a eso más tarde). Me levanto de lunes a viernes a las 5:30 de la mañana, y si tengo suerte voy a dormir pasadas las 11 de la noche (también tengo familia y tengo que dedicarle tiempo a mis hijos, que lo saco de las horas de sueño). Mi situación, por tanto, no es tan diferente de la cualquier currante español, por más funcionario que yo sea. Así que el tornillo de la gandulería tampoco se aplica.
Una de las críticas más tontas que he encontrado a mi post provenía de un tipo que se mofaba de que cuando se tocaron los sueldos de los funcionarios los científicos no hicimos nada, y que por tanto que ahora no podíamos venir a quejarnos. Para empezar, no se redujo y después congeló el sueldo de los funcionarios, sino el de todos los trabajadores públicos, y como la mayoría de científicos son trabajadores públicos obviamente a ellos también les afectó. En general, el sector de la ciencia no ha sido el más beligerante en este aspecto porque, contrariamente a lo que pretenden hacer ver algunos, es un sector poco corporativista. Un/a científico es una persona que escoge una carrera profesional incierta y generalmente mal pagada (aún recuerdo como mis amigos de la infancia se partían de risa conmigo cuando, con más de treinta años, yo cobraba un sueldo que apenas me llegaba para el alquiler, "tú que parecías tan listo y mira", mientras ellos cobraban el doble y el triple - era la época de las vacas gordas aún), pero la escoge por vocación. Y así los científicos generalmente consideran de mal tono quejarse por el sueldo, aunque, como a mi estudiante, la matrícula anual del doctorado - simplemente derechos, no recibe ninguna formación de la universidad - le suponga más de la mitad del sueldo de un mes. Como digo, mis compañeros son de poco quejar. Lo que masivamente sucede es que la gente, después de años de penar por aquí, se va al extranjero, donde en la mayoría de casos se los rifan. De los cuatro estudiantes que hicieron la tesis bajo mi dirección, tres están en el extranjero y uno se fue al sector privado; y la próxima, que defenderá pronto su tesis, ya tiene apalabrado un contrato en Francia. Los que nos quedamos aquí no lo hacemos por unos inexistentes privilegios ni por un sueldo que no es malo pero que es muy inferior al que se paga en el sector privado a profesionales con un nivel de formación y experiencia equivalentes, como han comprobado tantos que han dejado la investigación pública. Los que no la dejamos no es por incompetencia, otro tornillito, sino porque aún creemos en el servicio a la sociedad y en ciertos ideales que justamente quienes más cargan contra los funcionarios consideran inútiles, cuando no directamente estúpidos.
Y aquí entramos en otro tema caro a los trolls que se cagan en toda la ciencia española, y es la discusión sobre cuál es la posición real del sistema de ciencia español. Éste sí que es un tornillo de los gordos, pues los tipos porfían que esto es un erial, y encima ratifican que eso es evidente, aunque no hayan pisado un laboratorio en su vida. Frente al tan manido lamento de que España es un país sin ciencia y que no hay nada que se haga aquí que merezca la pena, la realidad es que investigadores españoles, algunos trabajando aquí, otros formados aquí y trabajando fuera, participan en grandes proyectos de investigación internacionales o tienen una proyección internacional muy destacada. No sólo eso: contrariamente a lo que suelen decir estos trolls, muchas empresas españolas incorporan sus propios equipos de investigación y desarrollo, y colaboran activamente con las universidades y los centros de investigación públicos españoles para llevar adelante sus desarrollos. Yo personalmente conozco unas cuantas empresas españolas con actividad en el sector aeroespacial, con las que hemos colaborado y colaboramos: INDRA, GMV, CASA, Deimos, isardSat, starlab, ... Pero en España hay también empresas punteras trabajando en múltiples sectores de alta tecnología: biotecnología, nanotecnología, materiales, farmacología y un larguísimo etcétera. Simplemente, hay que molestarse en informarse de cómo está cada sector y buscar la información. A mayor abundamiento, la actividad científica más puntera que se realiza en las instituciones públicas se realiza colaborando con empresas. Yo mismo participo en varios contratos con la Agencia Espacial Europea y empresas del sector aeroespacial, y la actividad que desarrollamos en el día a día requiere, entre otras muchas cosas, mantener un servicio operacional de datos de satélite para usos académicos y comerciales. Si le echan un vistazo a las novedades anunciadas en el blog de nuestro servicio podrán ver que los servicios prestados involucran diversas áreas, desde la seguridad marítima hasta la prevención de incendios forestales. Un servicio que se mantiene gracias al dinero que ingresamos a través de proyectos y contratos, ya que en la actualidad el 75% del personal es contratado eventual, y sin dinero no hay servicio (ahora, justamente por las cosas que he explicado en los posts de la serie "Mi colapso y yo", este personal sufrirá una drástica reducción).
¿Quiere decir eso que la ciencia en España ocupe la posición que le corresponde, por ejemplo, con respecto a su PIB? ¿Quiere decir que la empresa española o el sector público destaquen por su inversión en I+D? Pues no: hay muchos errores, carencias y problemas, infinidad de cosas a mejorar. ¿Hay problemas de nepotismo en las universidades? Seguramente aún hay casos. ¿Se hace siempre el mejor uso de los recursos? Aunque en general sea adecuado, seguramente es mejorable, y en algún caso muy mejorable. Pero uno no puede empezar a criticar de manera tan descarnada y con argumentos tan erróneos como se hace, sobre todo sin aportar datos.
Pero vamos a nuestra última remesa de tornillos. Como comentaba, en última instancia las críticas se dirigen contra el mensajero, y en este caso contra mi. Como criticar, (sobre todo sin dar la cara) es muy fácil, algunos comentaristas de ésos dan por hecho que mi trabajo científico debe ser una filfa y yo un estómago agradecido, aparte de un gandul. Supongo que hay aspectos en mi propia actividad que son perfectamente criticables y mejorables, pero ya de hacerlo sería de rogar que fuera sobre la base de las cosas que realmente hago o no hago. Veamos más detalles.
De acuerdo con mi propia página web profesional, a lo largo de mi carrera he publicado 58 artículos en revistas científicas internacionales indexadas en el Journal Citation Report de Thomson ISI, una especie de índice de las revistas que tienen un estándar de calidad reconocido (el cual incluye, entre otros criterios, que los artículos tienen que ser revisados anónimamente por otros científicos) . Aparte de éstos, he publicado más de 20 artículos en revistas no indexadas, algunos capítulos de libro, y presentado más de cien comunicaciones y artículos de congreso (ese apartado de mi página web no está actualizado). Esos números brutos, por sí mismo, no dicen gran cosa acerca de la relevancia científica del trabajo que he realizado, y por eso se suelen usar ciertos parámetros bibliométricos para ver si realmente el trabajo que hace un investigador en concreto realmente le interesa a alguien. Para ello se suele contabilizar el número de citas que reciben los artículos de un investigador. De acuerdo con Thomson ISI, mis artículos han recibido poco menos de 1.000 citas desde otros artículos publicados en revistas indexadas; otros indicadores, como el de mi perfil en Google Académico, indican que son casi 2.000 las citas que ha recibido mi trabajo. Ese número de citas indican que mi desempeño está por encima de la media general, y bastante por encima de la media en el campo en el que yo trabajo (un poco difuso de definir éste, como suele pasar en la siempre difícil tarea de clasificar la actividad científica, pero que ahora es principalmente la oceanografía física). Un indicador más específico de desempeño es el denominado índice h, que nos indica cuántos artículos de un investigador han recibido realmente una atención relevante (cuanto mayor el h más relevancia, en principio). De acuerdo con ISI Thomson mi índice h es de 17, mientras que de acuerdo con Google Académico es de 25. Para que se hagan una idea, de acuerdo con un estudio publicado en 2007, cuando yo gané la oposición, el índice h de un investigador que conseguía una plaza en una universidad americana era típicamente de 10 (el mío fue exactamente ése el día de la oposición), y a partir de 20 se encuentran los investigadores que forman la élite de sus campos respectivos.
El uso del índice h, a pesar de ser un estándar internacionalmente aceptado, ha sido muy criticado por los efectos desvirtuadores que se pueden producir, como en general se critica todo sistema de medir la calidad del trabajo de un investigador a través de índices numéricos y ciegos. Estos índices, además, introducen incentivos perversos para que los investigadores publiquen de manera continua y acelerada, eligiendo por tanto temáticas con poco riesgo pero también con pocas posibilidades de aportar un avance real. Hace un par de años surgió una nueva iniciativa para mejorar la evaluación de la calidad científica, a través del portal Research Gate. Los investigadores hacen accesible su investigación en ese portal, y a partir del impacto que tiene un investigador (medido por el número de descargas por parte de otros investigadores que generan sus artículos y por otros indicadores) se determina su ranking. De acuerdo con mi perfil de Research Gate, en este momento tengo una puntuación de 33,39 puntos, lo cual me sitúa por encima del 92,5% de los miembros de Research Gate.
Quiere esto decir que, de acuerdo con estos diversos indicadores, mi investigación realmente sí que está teniendo un impacto bastante apreciable. Pero ciertamente todos los indicadores numéricos son sólo burdas e incompletas cuantificaciones; quien realmente quiera conocer mejor mi trabajo (en el que he hecho contribuciones verdaderamente originales, la principal de ellas una nueva teoría para la descripción efectiva de los fluidos turbulentos que puede aprovecharse, por ejemplo, para conocer las corrientes marinas a través de imágenes de la temperatura de superficie del mar) puede solicitarme copia de cualquiera de mis artículos y con mucho gusto podremos discutir sobre su contenido si así lo desean.
Vamos, por fin, a otro de los memes caros del trolleo anti-ciencia en España, otro tornillo más: la ausencia de patentes. Muchos de los que grandilocuentemente opinan sobre la baja calidad de la ciencia española por la escasez de patentes generadas demuestran un desconocimiento de muchos aspectos clave de la valorización de los resultados científicos. Para empezar, que hay más maneras de valorizar la ciencia que solicitar patentes, incluyendo los trabajos por encargo para empresas: una patente es un documento caro cuya solicitud no garantiza que el procedimiento descrito en ella vaya a generar ninguna rentabilidad, ni siquiera que lo que se dice sea correcto. La patente es un documento legal que lo único que busca es preservar un derecho prioritario para la explotación comercial de un procedimiento de interés industrial, pero si realmente funciona o no no es tema de la oficina de patentes. En particular, cuando se evalúa una patente no se busca comprobar la física, sino los aspectos legales implicados por ella. Tanto es así que si de repente los criterios de evaluación científica dejaran de basarse en el número de citas y se basaran en las patentes nos encontraríamos con que universidades y centro de investigación se lanzarían a solicitar patentes de cosas sin el mayor interés, y si pagasen los derechos seguramente se las concederían. En España se patente poco, en parte, por las deficiencias del sistema de ciencia español, pero también por la falta de un tejido industrial apropiado para absorber los resultados y, en general, por una cierta falta de fe en los desarrollos industriales en un país que mayoritariamente se ha orientado hacia los servicios. También en este aspecto tengo una experiencia personal, pues yo soy el inventor y actual poseedor de los derechos de una patente que promovió el CSIC en la buena época pero de la cual se desentendió cuando comenzó la crisis; desde entonces, yo estoy pagando los derechos para mantener la patente de mi propio bolsillo y estoy trabajando (cuando puedo, después de mi jornada de 50-60 horas, mis compromisos de divulgación incluyendo este blog, y mi familia) para explotarla comercialmente. Tornillo de nuevo, como ven.
Con todo, lo más grave de toda la discusión de este post es la cuestión de fondo: incluso si yo fuera un total y absoluto incompetente, un auténtico negado que hubiera conseguido mi posición por medio de favores o simplemente calentando el asiento, eso no desmiente las cosas que yo explicaba en el post de la discordia. Fuera yo la persona más abyecta o desagradable del mundo, la verdad objetiva de lo que digo no depende ni de las virtudes que me adornan ni de los defectos que me afean.
Por todo ello, la próxima vez que vayan a despellejarme por un post que contradice sus prejuicios sobre cosas que conocen poco o nada, o simplemente si me van a masacrar verbalmente desde un inmerecido anonimato porque es su bien pagado trabajo - ya sé que no es nada personal, tranquilos- , creo que sería mejor y más útil a sus propios fines que mejoren sus argumentos, en vez de salir con exabruptos de poco estilo y peor fondo. Qué se yo: aduzcan razones reales, apunten a defectos consistentes de mi razonamiento, repróchenme, si viene al caso, defectos que objetivamente yo tengo. De otro modo, estarán haciendo un flaco favor a su causa, remunerada a no. En definitiva: si me van a crucificar, por favor, usen clavos y no tornillos. Es que si no no queda bien; recuerden - si alguna vez lo han sabido - que la muestra de ensañamiento generalmente debilita aún más la causa del que agrede. Créanme: el hombre de paja en que me convierten no se agarra bien de los dos maderos dialécticos con los que quieren escarnecerme a mi y a todos los consideran de mi especie si pretenden fijarlo dándole golpes a la cabeza de tornillos.
Sé que es mucho pedir rogar a los exaltados comentadores aficionados y profesionales que van a destrozarme por este post que se lo lean entero antes de que comiencen a vomitar su arbitraria bilis, así que si van a leer sólo una frase, aparte del título, por favor que sea la siguiente: los destornilladores no valen para clavar clavos; mejor cojan martillos.
Salu2,
AMT
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jueves, 26 de septiembre de 2013
La buena dirección
Queridos lectores,
Últimamente estoy asistiendo a movimientos de ciertos colectivos (como Greenpeace o el CMES) que diagnostican con gran certeza la gravedad de la crisis energética asociada a la carestía y escasez de combustibles fósiles y de uranio, y que proponen un escenario fantástico, con grandes beneficios económicos y sociales, basado en la explotación de las energías renovables. La repetida afluencia de estos mensajes, avalados por extensos y aparentemente detallados informes, ha dado lugar a varios debates dentro de nuestra pequeña asociación, el Oil Crash Observatory (OCO). A muchos miembros del OCO, con quienes he debatido frecuentemente los datos que se aportan a lo largo y ancho de este blog, les causa extrañeza el simplismo de tales posiciones: quienes defienden de una manera tan entusiasta y acrítica las energías renovables casi nunca hablan de límites a su explotación, limitaciones de materiales o de capital, o de la baja TRE que tienen en algunos casos (que incluso sería menor en ausencia del petróleo).
Sin embargo, otros miembros del OCO (posiblemente tantos como los anteriores) consideran que quizá quienes proponen estas "soluciones" - generalmente gente muy instruida y que conoce los problemas anteriormente descritos sin duda - están intentando conseguir un cambio político y que a pesar de lo conceptualmente erróneo de su estrategia desde el punto de vista técnico no dejan de ser pasos en la dirección correcta, en "la buena dirección". Incluso he llegado a oír decir a alguna persona a la que aprecio que quizá lo que debemos hacer es decir, o como mínimo consentir que se digan, estas mentiras piadosas; en suma, dejar que la gente crea que se va a poder mantener el BAU (cosa que sobradamente sabemos que es imposible) y mientras tanto se van haciendo las inversiones necesarias que, cuando se produzca la inevitable transición desde el modelo económico actual basado en un crecimiento indefinido ya imposible al nuevo modelo de estado estacionario, los medios para procurarnos energía estarán ahí para salvarnos del colapso (escenario completamente indeseable). Un reciente post publicado en Cassandra's legacy ha ido un poco más lejos aún: incluso aceptando que la TRE de las renovables pudiera ser demasiado baja para mantener una sociedad estructurada como la nuestra o que su dependencia de los combustibles fósiles no permite actualmente considerarlas una alternativa energética, la abundancia relativa que aún disfrutamos de petróleo debería invertirse en poner a punto estos sistemas que nos ayudarán en todo caso durante nuestra transición energética, y posiblemente por el camino diseñaremos los sistemas energéticos renovables que, ésos sí, permitirán a nuestra sociedad llegar a un estado sostenible.
Es notorio que yo pertenezco al primer grupo del OCO, y en numerosas ocasiones he expresado mis dudas sobre la viabilidad de las "soluciones renovables" que se plantean. Tal falta de fe en el nuevo paradigma renovable es vista desde algunos de los sectores proponentes como una desafección, casi como una traición, a una causa común; en alguna ocasión se nos ha llegado a decir que "contaminamos el debate energético", dando pues a entender que nuestra posición no es "pura"; en suma, que no aceptamos la posición ortodoxa que de algún modo debería ser la única que legítimamente podríamos adoptar. Peor aún, en las discusiones internas del OCO se ha llegado a plantear que a pesar de nuestras dudas tendríamos que hacer una apuesta inequívoca por estos modelos de sociedad basados en energía renovable, porque de otro modo, simplemente analizando y explicando las limitaciones de los sistemas de generación renovable igual que analizamos y explicamos las limitaciones de las fuentes de energía no renovables, estamos haciéndole el juego a las petroleras, que usan nuestros estudios y ensayos para tener aún más argumentos para atacar a las renovables en su afán de que nada cambie y seguir ganando dinero a mansalva hasta que todo reviente. En resumen: que siendo tan puristas estamos consiguiendo un efecto perverso y de alguna manera somos cómplices con la prolongación del actual sistema.
En realidad es lo contrario. Seguramente estos colectivos pro-renovables pretenden hacer eso: concienciar y avanzar. Pero la realidad es que no hay avance alguno y que esta dirección es completamente contraproducente. Sé que decir estas cosas no me grangeará muchos amigos en un campo que debería ser afín, pero a veces conviene aclarar bien las posiciones de cada cual para evitar acabar en sitios adonde uno no quiere ir en realidad. Yo no comulgo con este nuevo programa de progreso por tres motivos principalmente: de integridad, moral y técnico.
La primera cuestión es la integridad de quienes nos dedicamos al estudio y divulgación de estos problemas. Como científico mi opinión puede ser oída por mis conocimientos de tipo técnico, que yo debo aplicar neutralmente al conocimiento de la verdad y difundir el conocimiento que obtenga a la sociedad. La gente no tiene interés en saber qué dice el ciudadano Antonio Turiel, sino qué dice el científico Antonio Turiel. En tanto que técnicos tenemos que transmitir los datos de la manera más clara y honesta posible, evitando sesgos. Esto es muy difícil, e inevitablemente las opiniones y los prejuicios personales acaban produciendo cierto sesgo, aún cuando uno se esfuerce en evitarlo; el más obvio pero también el más sutil es el sesgo de agenda (hablar sólo de las cosas que a mi me interesa hablar). Por ello es importante mantener cierta pluralidad; por ejemplo, yo busco publicar en este blog posts de otras personas, incluso algunos con los que no estoy de acuerdo, con la única exigencia de que estén bien fundados argumentalmente. Del contraste y debate de opiniones bien fundadas técnicamente se puede construir una visión más clara y racional de la realidad, la cual ninguno de nosotros abarca, y sólo con la ayuda de todos podemos tener una buena estimación de dónde estamos y hacia donde vamos. Partiendo de esos postulados, los llamamientos a que nos apliquemos cierta autocensura, escondiendo o incluso manipulando los datos que muestran que las alternativas renovables no son tan buenas o factibles, chocan de plano con el rol que se nos supone. Si yo comienzo a deliberadamente sesgar mis datos induciré a la gente que confía en el juicio técnico del científico Antonio Turiel a adoptar la agenda política del ciudadano Antonio Turiel. Eso es claramente un abuso de autoridad, puesto que uno era solamente escuchado como referente técnico, y al proceder de esta manera lo que estamos haciendo es, simple y llanamente, engañando y manipulando. Desde la ética profesional tal actitud es inaceptable.
La segunda cuestión es moral. Si yo manipulo a la gente para hacerles creer que las cosas son mejores de lo que son, que se creará un montón de "empleo verde" y volveremos a ser ricos, a pesar de que los datos no apuntan hacia eso en absoluto, en el fondo me estoy arrogando una superioridad moral sobre aquella gente a la que manipulo. A veces he llegado a oír decir que la gente no es capaz de tomar las decisiones que más le convienen y que por tanto se les ha de conducir engañados por el camino a la sostenibilidad. Tal postura equivale a tomar al común de la ciudadanía por niños o por borregos, por personas sin criterio ni juicio propio; y que nosotros, los técnicos, los científicos, tenemos la responsabilidad y la obligación de decidir por ellos. Nuestra superioridad técnica, por tanto, se convierte en superioridad moral. El hecho de ser sumos sacerdotes de la religión civil del progreso (John Michael Greer dixit) nos da a los ojos de los feligreses de ese credo esa superioridad moral, y aquellos de nosotros que profesan esa misma creencia creen también que somos moralmente superiores y que no sólo tenemos el derecho, sino también el deber, de conducir a nuestro pueblo por el desierto de la transición a la tierra prometida de la sostenibilidad.
Sin embargo, no somos moralmente superiores, en nada lo somos. Somos humanos como los demás, con las mismas pasiones y pulsiones, virtudes y defectos. Yo no me siento capacitado para decirles a los demás qué es lo que tienen que hacer; yo sólo les puedo dar mis datos y mis opiniones, y después que cada cual, como adulto, decida. Que yo, Sumo Sacerdote del Progreso, me reconozca humano y limitado, y moralmente equivalente al resto de la Humanidad, es tomado por los más integristas de esa religión civil como una traición (lo decíamos más arriba: una desafección y una afrenta), y por eso mi veleidad de compartir el fuego del conocimiento con el resto de los humanos me hace impuro (contamino el debate energético). Quizá los zelotes de esta religión ruegan a sus dioses para que la ingeniería de regeneración celular con células madre avance lo suficiente como para que mi hígado se regenere eternamente y pueda así ser devorado por un águila (deseo seguramente compartido con los seguidores de un pequeño culto más afín de lo que se creen, el que venera al dios Tesla). Por concluir este punto, el mayor riesgo de esta visión extrema del intelectualismo moral es que cuando se verifique que nuestra ciencia y nuestra tecnología por humanas son falibles y que en todo caso no pueden transgredir los límites del mundo natural, ya sean los geológicos o los de la Termodinámica, las masas arrastradas por este culto se volverán contra él clamando venganza, y derribarán en turbamulta los moais de la Ciencia (ya se escuchan clamores contra otra antigua religión que mucho ha defraudado, la Economía).
La tercera de las cuestiones es técnica. Se suele argumentar que el futuro de la energía es la producción renovable, y estoy de acuerdo que así será, en un porcentaje mayor del 90%, dentro de cien años. Durante este siglo la Humanidad sufrirá un descenso progresivo de la disponibilidad de combustibles fósiles y uranio, descenso que en ocasiones se acelerará por el colapso de algún productor importante. Por poner una fecha, hacia el 2100 el consumo no renovable será marginal. Entre hoy y ese futuro que tendrán que vivir nuestros nietos, y si no se toman las medidas adecuadas, habrá países que colapsarán hasta la práctica extinción de sus poblaciones - justamente el tipo de cosas que queremos evitar y que es la razón fundamental de ser de este blog. Sin embargo, el hecho de que en un futuro no tan lejano dependamos de las energías renovables no quiere decir, en absoluto, ni que la cantidad de energía que extraeremos de ellas sea vagamente comparable a la actual ni que los medios de producción de energía sean precisamente los que se están postulando hoy en día. Dejando al margen el aprovechamiento directo de la biomasa, todos los sistemas de captación de energía renovable ponen su acento en la producción de electricidad, y todos ellos se basan en un músculo industrial, una capacidad de producción masiva de bienes y servicios, que se sustenta en las energías fósiles de hoy. Eso plantea multitud de serios inconvenientes. Por lo que respecta a la electricidad, los problemas son bastante serios. Hacer sistemas de almacenamiento de electricidad a escala masiva es bastante complejo, aparte de poco eficiente. La producción de electricidad a partir de las fuentes renovables es también poco eficiente (un aerogenerador aprovecha un 20% de toda la energía del flujo que pasa por sus aspas, una placa fotovoltaica típica de las actualmente instaladas un 15% de toda la radiación solar incidente, una central hidroeléctrica puede aprovechar un 30% de la fuerza mecánica del agua). Con los planteamientos a gran escala actuales, la producción de electricidad implica gestionar una red compleja, más grande y más compleja a medida que se produjera más electricidad renovable. No está garantizado el suministro de materiales críticos como el cobre. La conversión de electricidad a usos no eléctricos es muy difícil, en algunos casos casi imposible; y en aquellos usos más sencillos pueden aparecer muchas limitaciones técnicas, como las que aquejan al esperado y diletante coche eléctrico. Y todo eso sin contar con la larga discusión que se ha mantenido en este blog, dentro de la serie "Los límites de las renovables", sobre la incapacidad de los sistemas que actualmente se plantean, de llegar a cubrir más que una pequeña fracción de todo nuestro consumo de energía primaria (atención: de energía primaria, no de energía eléctrica). En realidad, todo el planteamiento de grandes instalaciones de producción eléctrica renovable construidas con una gran fuerza industrial apoyada en combustibles fósiles y orientada a la distribución sobre una gran red eléctrica no es más que la quintaesencia del BAU; una vez más estamos hablando de un modelo orientado al control económico de las grandes corporaciones que, cuando quieren, barren de un plumazo cualquier aspiración de autoconsumo o producción a pequeña escala. Es un modelo ineficiente, basado en el crecimiento, que implica un gran consumo de energía fósil y de materiales y que, simplemente, nunca pasará de un nivel muy lejano al del consumo total de energía actual. En suma, los grupos que promueven con la mejor de sus voluntades este tipo de sistemas están, ellos sí, haciendo la cama a grandes intereses económicos. Además, focalizar el esfuerzo inversor de manera decidida en estos sistemas que probablemente acabarán siendo inviables (por costes de operación y de materiales) en unas pocas décadas implica, entre otras cosas, un elevado coste de oportunidad (pues seguramente salía más a cuenta invertir en proyectos menos megalomaníacos pero más útiles para el largo plazo) y una gran pérdida de resiliencia (ya que los recursos se emplean en mantener unas infraestructuras que cada vez costará más mantener, hasta hacerlas inviables) en un momento de degradación de la capacidad de inversión.
Igual que el economista clásico cree que el ingenio humano puede crear los recursos necesarios (cornucopia), el paladín de las renovables cree que el ingenio humano conseguirá indefinidamente sistemas de generación cada vez menos costosos y más eficientes (curva de aprendizaje). Ambas actitudes son la expresión acabada de un BAU que resiste a morir, y son ambas completamente infundadas, basada en una experiencia pasada de muy corto recorrido (150 años en el caso de los primeros, unas pocas décadas en el caso de los segundos). No existen fundamentos técnicos, científicos o lógicos que justifiquen ninguna de las dos hipótesis, ni la cornucopia ni la ilimitada curva de aprendizaje, y sin embargo se desdeña y ridiculiza a quien lo pone en cuestión.
El fanatismo en las posturas y la simplificación de las cuestiones complejas acaba llevando a plantear un debate sesgado, unidimensional: o se es partidario de las energías fósiles o se es partidario de las energías renovables de manera acrítica, con la actual configuración. Desafortunadamente el mundo es multidimensional, y hay otras direcciones en las que el debate puede moverse, ya que las dos propuestas dadas como alternativas no describen la realidad entera, y no son ni siquiera la mejor opción que tenemos.
No todo es ceguera ni todo está perdido. A veces conviene recordar que hay economistas que se toman muy en serio las limitaciones de nuestro sistema actual, y que en sus trabajos y modelos integran el sistema económico dentro del sistema ecológico del que formamos parte, y así consideran tanto los insumos como los residuos dentro del valor económico; esta gente, todavía un poco marginalizada pero con un peso creciente, están poniendo las bases de la teoría económica de nuestro futuro. Del mismo modo existen, aunque pocos, partidarios de las renovables que comprenden que los actuales sistemas son, como dice Pedro Prieto, sistemas no renovables de generación de energía renovable. Existen mejores maneras de aprovechar la energía renovable que la mera producción de electricidad a gran escala, y suele ser con sistemas que no requieren materiales complicados ni gran capacidad industrial; se trata de producir electricidad cuando sea necesario, y cuando no aprovechar más eficientemente la energía renovable con sistemas más sencillos y más eficientes, de alta TRE. Pero eso implica, forzosamente, una deceleración, puesto que la mayor causa de ineficiencia es la rapidez excesiva, el culto a la potencia que tan necesario es para mantener un sistema que todo derrocha. La apuesta por el BAU renovable es sólo otra distracción para intentar mantener la economía del crecimiento, por mantener esa potencia, ese derroche, cosa que no será nunca posible. Pero tenemos conocimientos técnicos y medios para conseguir mantener un nivel de vida semejante al actual, sólo que más lento. Lo que realmente nos hace falta es construir un sistema económico que no priorice la creación de valor, sino asegurar el bienestar a la Humanidad. El problema no es técnico: es social. Es por eso que tenemos que pasar de la idea a la acción.
Salu2,
AMT
jueves, 20 de junio de 2013
Un futuro sin más (II): El juicio
[Las personas y situaciones que aparecen en este relato son completamente ficticias. Cualquier parecido con personas o hechos reales será siempre mera coincidencia]
(enlace a la primera parte del relato)
Jan conocía bien el país vecino, la República como les gustaba decir a sus nacionales, desde su época de estudiante de doctorado, y hablaba con fluidez el idioma. A David le costaba más comunicarse, más que por falta de competencia lingüística debido a su natural timidez y su falta de experiencia. Sin embargo, el mismo día que entraron en el calabozo del pequeño pueblo de la frontera donde les detuvieron tuvieron una cosa clara: también en la República se les consideraba unos criminales de la peor especie.
¿Cómo podía Jan haber estado tan ciego? Había corrido buscando el paraíso y lo que se había encontrado era otra ciénaga. Quizá la gente era un poco menos salvaje y brutal que en su país natal: al menos sobre el papel el país vecino era formalmente una república democrática; sin embargo, en poco tiempo comprendieron, gracias a sus contactos con los otros presos, que en realidad la República no era más que una dictadura encubierta. Durante los meses que Jan y David habían permanecido huidos se habían producido muchos cambios, es cierto, pero en realidad las transformaciones se habían ido operando al mismo tiempo que en su país de origen, y por los mismos motivos: la crisis económica implacable que se había ido agudizando sin parar, el acceso cada vez más penoso a los diversos recursos naturales, cada vez más escasos... cada casa sin luz, cada gasolinera sin diésel, cada panadería sin pan habían arrastrado a la República hacia posiciones cada vez más autoritarias y más represivas, único modo con el que las fuerzas políticas habían consensuado que se podría mantener una frágil paz social. Jan había estado cegado por la falta de información de calidad sobre lo que realmente pasaba en la Repúbica; simplemente se creyó todo lo que leyó en su país mientras fue un hombre libre, y confió en aquella vieja máxima "no news, good news". No fue hasta que estuvo en una de las cárceles republicanas que tuvo un contacto directo y brutal con la realidad del país que antes idealizaba. Comprendió tarde que en realidad la democracia en su propio país había comenzado a morir mucho antes de que para él fuese evidente, desde el mismo momento en que los medios de comunicación filtraban, censuraban o simplemente frivolizaban la información sobre la degradación social y de la calidad democrática que se vivía en otras naciones; además, las corresponsalías en el extranjero salían caras y era más barato simplemente republicar lo que las agencias públicas difundían por sus oficinas de prensa. ¿Cuántas otras naciones en Europa y en el mundo estarán pasando por un descenso a los infiernos semejante? Si la República, antaño baluarte de las libertades y faro de la razón para Occidente, había sucumbido de una forma tan acabada e irremisible, ¿qué habría sido de tantas otras naciones de menor tradición racional y democrática? Jan se estremeció al pensarlo. Si pudiera escapar de este infierno, ¿a dónde, realmente, podría huir? ¿Dónde una persona sensible podría refugiarse? Se dio cuenta que no sabía nada del mundo en el que vivía.
La inmersión en la realidad de la República les vino al conocer muchos presos, encarcelados por motivos de lo más peregrino en algunos casos, a través de los diversos penales en los que hicieron parada en su lento peregrinar hacia la capital donde iban a ser juzgados por crímenes contra la Humanidad ("habrán perdido la grandiosidad pero no la grandilocuencia", pensó Jan la primera vez que le formularon los cargos). Había gente encarcelada por 10 años por haber intentado robar algo de comida para sus hijos, o por 5 años por haber osado protestar contra unos impuestos que les estaban desangrando. E invariablemente, ya fuese en un pequeño penal del campo o una gran cárcel de ciudad sólo veían a los otros presos cuando éstos volvían por las noches a los penales después de pasar su penosa jornada empleada en trabajos forzados. Al igual que en su país natal, la República se había vuelto adicta a la fuerza muscular humana, faltando otras fuentes más potentes de energía; aunque, en honor a aquella frase que les dijo el gendarme que les detuvo ("nosotros somos más civilizados") las condiciones de esa esclavitud legal eran más razonables que en casa y eran pocos los que morían en los campos de trabajo; la mayoría vivían para poder salir de la cárcel e intentar no volver a entrar en ella (generalmente de manera infructuosa).
Sin embargo, ni Jan ni David fueron obligados a trabajar en uno de esos campos. Esto extrañó y preocupó a la vez a Jan. Era obvio que no les consideraban unos presos más. Por lo que entendió hablando con otros presos, al igual que en su país los científicos habían sido públicamente repudiados primero y luego perseguidos con saña. Curiosamente los políticos habían conseguido mantener un cierto nivel de respeto por parte de la población. O no tan curioso; por el relato que Jan consiguió hacerse con fragmentos aquí y allá, los políticos habían conseguido cargar toda la culpa en diversos sectores de la sociedad, y particularmente en los científicos. La República, que durante siglos había sido un baluarte de la Ciencia, la nación que le trajo la Razón al mundo, no había sido capaz de perdonarle a la todopoderosa Ciencia que no fuera capaz de auxiliarla en los momentos de necesidad. Jan se sorprendió al comprobar cuánta gente estaba convencida de que los científicos formaban parte de una odiosa conjura internacional para mantener a la Humanidad sometida a una nueva Era de la Oscuridad. No pocos presos, acusados algunos de crímenes realmente de importancia, reaccionaban violentamente cuando sabían que Jan y David eran científicos; en una de las ocasiones, incluso, el profesor salvó su dentadura gracias a la rápida actuación de su pupilo (quien a fuerza de desventuras había comenzado a espabilar). En las últimas prisiones antes de llegar a la capital de la República Jan y David se hicieron pasar por contrabandistas del sur que habían asesinado a un gendarme que había estado punto de atraparles, para luego ser capturados; y para explicar por qué no les sometían a trabajos forzados decían que suponían que era porque los gendarmes querían hacerse con su botín y no tenían interés en que murieran o escaparan en los campos de trabajo. Con esa rocambolesca historia conseguían ser la comidilla de la prisión el día o dos que pasaban allí, pero nadie les hacía nada pensando en cómo aprovecharse de esos contrabandistas tan ricos y vigilados por los guardas, y para cuando algunos presos más osados habían urdido un plan para extorsionarles ya se habían marchado hacia un nuevo presidio. Jan comprobó que su vida era más simple si le tomaban por un criminal que si le tomaban por un profesor universitario, y concluyó que la decadencia de la República debía ser completa.
Un mes después de ser detenidos en la frontera llegaron por fin a la capital. Allí no fueron alojados en ninguna de las muchas y abarrotadas prisiones que había en aquella época en la gran ciudad, sino que fueron directamente trasladados a los calabozos de la Corte Nacional. Veinte años atrás un Jan estudiante había visitado la parte turística, decorada con extraordinario gusto, de la Corte Nacional; ahora, ya cuarentón, visitaba la parte menos lucida y bastante más sórdida. Aún estuvieron un par de días en el calabozo, sin tener noticias del exterior pero comiendo correctamente - lo que era un gran lujo para una prisión. Hasta que un día vino el Fiscal General del Estado en persona a visitarles, acompañado de un séquito de veinte personas, entre guardias, secretarios y abogados, que a duras penas cabía en el estrecho calabozo. Jan miraba al Fiscal con incredulidad cuando, tras una larga y engolada introducción - tradición nacional - le expuso que se le acusaba de crímenes de lesa humanidad por haber participado como líder destacado en la gran conspiración internacional de los científicos de todo el mundo para ocultar los secretos de la energía libre, que no se molestara en negarlo porque tenían muchísima documentación al respecto, incluyendo la declaración del director del Laboratorio Nacional de Energías Renovables en la que se citaba explícitamente el nombre de Jan Palermo como uno de los líderes de la Gran Conspiración. Con un gesto despectivo el Fiscal General mostró a Jan la declaración de Pierre Lamarck que le inculpaba, pero Jan prescindió del estúpido texto lleno de tonterías dictadas por funcionarios embrutecidos y sólo miró la temblorosa firma. Jan se estremeció imaginándose en qué estado se debía encontrar Pierre en el momento en que firmó ese documento lleno de sandeces y barbaridades. Pobre Pierre, hombre íntegro como pocos había conocido; puestos a elegir un mal menor seguramente inculpó a colegas de otros países, lejos de las garras de esta chusma enloquecida, esperando salvar así a sus compatriotas aunque en el proceso se condenase a si mismo, al reconocer que formaba parte de la "Gran Conspiración". Sintió la tentación de preguntar al Fiscal General qué se había hecho de Pierre, pero su nariz arrugada y el contenido desprecio que reflejaban sus labios apretados hasta volverlos lívidos dejaba claro que, si de él había dependido, Pierre haría tiempo que estaría muerto. Mala suerte: de hecho, había dependido de él. Ese pensamiento hizo enrojecer de rabia a Jan, hasta que reparó en que ahora su suerte y la de David también dependían del mismo energúmeno homicida.
Después de lo que él consideraba un argumento irrefutable (la declaración arrancada por medio de torturas a Pierre Lamarck) aún estuvo el Fiscal parloteando triunfalmente durante un inacabable cuarto de hora, llenándose al boca de palabras que en su engolada voz sonaban más huecas de lo acostumbrado: "responsabilidad", "destino", "ayudar a la Humanidad en tiempos de gran necesidad", "deber ineludible", "la República no reparará en medios para acabar con semejante atrocidad" y expresiones tópicas por el estilo. Lo que dejó perplejo a Jan fue el final de su discurso, de una banalidad propia de un niño de seis años:
- La cosa es simple - dijo el Fiscal - Vd. libera sus conocimientos sobre los dispositivos de energía libre y la República le perdonará sus faltas e incluso - la mueca de desprecio se hizo completamente evidente - le cubrirá de honores. Si decide guardar el secreto se lo llevará Vd. a la tumba, eso ya lo sabe, sólo que llegará allí antes de lo que se piensa.
Jan le miraba con los ojos abiertos, con la expresión de boxeador sonado. Pensaba en las torturas que habría soportado Pierre, y en el absurdo que le planteaba ese hombre que sería docto en leyes pero falto en sentido común y en la más mínima intuición de las leyes de la Naturaleza. Finalmente, bajó la mirada:
- No podría hacer tal cosa - meneó la cabeza lentamente, como intentando alejar un pensamiento molesto y doloroso. Y recalcó para dejarlo claro - No sé hacer tal cosa. Simplemente, no es posible hacer tal cosa.
- Ya me imaginaba que diría algo así - dijo el Fiscal, los labios en una fina línea blanquecina, mientras se volvía - Se le procurará un abogado para su mejor defensa.
Como si eso importara algo, pensó Jan.
El abogado defensor llegó al día siguiente. Un patán de mala muerte cuyo mayor mérito había sido defender al violador del puente del Norte, hazaña que le proporcionó a él cierta notoriedad mediática y a su cliente una ejecución rápida. El tipo veía en el caso de Jan Palermo y de su subalterno David Ros la oportunidad de ser aún más conocido, aunque le importaba bien poco lo que fuera de sus clientes; en realidad, se veía claramente que daba por descontado que serían condenados y ejecutados. Pero la República no podía o no quería permitirse pagar un abogado mejor para defender a los que por otra parte consideraba causa de todos su males. Algunas noches mientras se preparaba la farsa de juicio que vendría David sollozaba quedo, cosa que Jan le disculpaba por su juventud. Jan se mantenía sereno: se sentía cansado de tener que soportar tanta necedad, y aunque no deseaba morir veía lo que estaba pasando con cierta distancia, como si todo fuera el resultado lógico e ineludible de un experimento sociológico macabro.
El juicio se desarrolló según lo previsto: con gran pompa y boato se anunciaron los cargos contra Jan: crímenes contra la República y contra la Humanidad, conspiración, asociación de malhechores, estragos en bienes públicos y privados (se ve que le echaban la culpa de todas las revueltas ocasionadas por la escasez), miles de muertos y heridos, etc. La fiscalía pedía la pena de muerte para Jan y el embargo de todos los bienes que se le pudieran identificar. Para David, la lista era bastante más corta: complicidad y encubrimiento. Para él el fiscal sólo pedía 20 años de trabajos forzados.
Su abogado defensor hizo el bufón desde el primer momento; hizo un alegato inicial tan sobreactuado que consiguió una amonestación del tribunal. Concluyó con una declaración de inocencia de todos los cargos para sus dos defendidos tan poco creíble y con algunas contradicciones obvias, dando vueltas a hechos sobre los que en realidad nadie podía atestiguar (por ser completamente ficticios).
El juicio consistió en una retahíla interminable de testimonios de gente que había sufrido las consecuencias de no tener una fuente de energía mágica que satisficiera sus necesidades, y los reproches a los científicos que se la negaban. Sacaron a un par de pobres diablos de campos de trabajo, antiguos científicos, que atestiguaron haber visto maravillas en funcionamiento con las que experimentaban los jefes de laboratorio, e incluso uno dijo recordar haber visto a Jan en una de esas pruebas, a pesar de que por las fechas que él refería Jan se encontraba sin duda en un congreso anual en la otra punta de Europa, lo cual sería fácil de comprobar consultando los anales de aquel congreso. Pero Jan no quiso señalar esta contradicción, una más en un océano de ellas: seguramente aquellos pobres diablos habían conseguido una reducción de su tiempo de condena con aquellas declaraciones que en realidad no condenaban más a Jan porque después de matarle ya nada más le podrían hacer, y él ya estaba condenado y muerto de antemano. Quién sabe si dentro de unos años el propio David no tendría que recurrir a la misma añagaza para quitarse cuatro o cinco años de condena...
Después de una semana se había terminado la pantomima de testimonios, y Jan le dijo a su abogado que quería declarar. Éste le miró, receloso, pero con buenas palabras y tono sereno le convenció de que lo que iba a decir sería correcto y memorable. Su abogado vio la oportunidad de tener aún más publicidad y pidió permiso al tribunal para que Jan declarara. El juez habló con sus auxiliares unos segundos. "Curioso juicio en que nadie tiene interés en que el principal acusado declare", pensó Jan. Al cabo de un momento, quizá por lo obviamente necesaria que tendría que ser tal declaración, los jueces accedieron a oír a Jan, aunque le advirtieron que no consentirían el más mínimo desacato. Jan les agradeció la deferencia y les aseguró que no pretendía más que hacer una declaración moderada y ponderada.
Teóricamente Jan tendría que haber respondido a las preguntas de su abogado, pero nadie, ni el mismo abogado defensor, tuvo interés en preguntarle nada, y una vez que comenzó a hablar todos tuvieron curiosidad por escuchar lo que tenía que decir. Jan fue conciso y contundente; usó las mejores palabras que conocía de la lengua del país, que no le era propia, en un alegato que llevaba días ensayando en su celda. Simple y directo, sabiendo que no le dejarían hablar más que un par de minutos a lo sumo.
- Señorías, señores y señoras del jurado, público asistente a este juicio, pueblo de la República, de mi país, de Europa, del mundo... - comenzó Jan - quiero pedirles perdón. Perdón por no haber resuelto los problemas tan graves que han tenido nuestras sociedades. Perdón por no haber proporcionado soluciones factibles y expeditivas a la falta de energía y de recursos que han sumido nuestras ciudades en la oscuridad y la inactividad, y nuestra sociedad en la Edad Media. Les pido perdón.
El Juez sonrió, satisfecho, delante del acto de contrición de Jan. Pero éste continuó:
- Pero no les pido perdón porque yo o mis colegas tengamos estas soluciones y se las estemos malévolamente ocultando. No. Les pido perdón por haber permitido que les hicieran creer que la Ciencia era capaz de resolver todo problema que se planteaba. Les pido perdón por no haber protestado delante de esas noticias que repetidamente salían en los suplementos de ciencia y tecnología de los diarios y los boletines de las televisiones anunciando la próxima llegada de una maravilla tecnológica, de alguna nueva fuente de energía y de recursos, que después nunca se acababa de materializar a lo largo de los años. Les pido perdón porque incluso algunas veces neciamente jaleamos y propiciamos tales noticias como un medio de propaganda para conseguir dinero para nuestra investigación, sin darnos cuenta de que estábamos inflando las expectativas de una sociedad en estado de necesidad. Una sociedad necesitada de creer, de creer en algo que les devolvería la prosperidad perdida, de una sociedad a la que no contribuimos a educar lo suficiente, en la que consistimos que la gente dijera cosas como "creo en el Cambio Climático" o "no creo en el Cambio Climático", "creo en el Peak Oil" o "no creo en el Peak Oil", "creo en las energías libres" o "no creo en las energías libres", y expresiones similares que tantas veces habrán oído a lo largo de sus vidas.
El Juez comenzaba a fruncir el ceño. Jan podría hablar sólo unos instantes más, así que decidió ir al grano.
- Todas esas cuestiones no son de fe, no podemos "creer" o "no creer" en ellas. No son cuestiones de creencia, sino de ciencia. Nuestra ciencia es humana y por tanto, como nosotros, incompleta y en continua progresión; pero a pesar de sus limitaciones sí que sabíamos - y aún sabemos los que nos enorgullecemos en practicar la Ciencia- lo que era razonablemente posible y lo que no. No "creíamos": "sabíamos". Pero no fuimos capaces de ver que la sociedad no sabía, sólo creía; permitimos por omisión que la Ciencia fuera la nueva religión, la religión del siglo XX, y cuando llegaron los tiempos de necesidad en el siglo XXI y la Ciencia dijo: "lo sentimos, la Tierra tiene límites, los recursos son finitos, no hay fuentes de energía milagrosas pues todas están sometidas a las Leyes de la Termodinámica, la contaminación no puede crecer indefinidamente sin dañarnos gravemente" nuestros creyentes se sintieron ofendidos y traicionados. Y ahora quieren hacernos pagar nuestra traición sin comprender que no hay soluciones milagro; que el error lo cometimos antes, al dejarles creer que la Ciencia no tenía límites, y no ahora, cuando les decimos la verdad. ¡Dejen de soñar en quimeras! Tenemos que trabajar juntos para construir una nueva sociedad en la que los recursos se gestionen sosteniblemente y..."
- ¡Suficiente! - el Juez estaba rojo de ira - ¡Señor Palermo, ha desacatado a este tribunal con su discurso lleno de maldad y mentiras! Retírese del estrado, y que un alguacil le lleve al calabozo. ¡Y que no le den de cenar! - añadió con infantil determinación el Juez.
Al pasar, esposado, al lado de su abogado éste le susurró al oído: "Has firmado tu sentencia de muerte". Jan no pudo reprimir contestarle amargamente: "En realidad lleva meses firmada, y no por mí".
Desde el calabozo Jan podía continuar oyendo el griterío de la sala de vistas. Estaba claro que su alegato no había sido bien recibido, pero no había dejado indiferente. Luego David le explicaría las barbaridades que aquellas personas, en su mayoría gente de leyes, habían dicho, y cómo pedían para Jan una tortura ejemplarizante antes de ejecutarlo, y -mala suerte- que la pena para David había subido a 40 años, delante de lo cual su abogado sólo pudo balbucear un inconexo "Lo siento, lo siento". David tenía los ojos arrasados de lágrimas; si 20 años le parecían una vida, 40 años le garantizaban la muerte; sin embargo, no osó reprochar nada al profesor, quizá porque sabía que él afrontaba un destino sin esperanza, o quizá porque sabía que en el fondo tenía razón. Que su alegato era el "Eppur si muove" de Jan Palermo. Jan inspiró profundamente cuando su ayudante calló, y le dijo: "No te preocupes, David. Vamos a salir de ésta". David alzó rápidamente la vista y lo miró atónito. ¿Se estaba volviendo el profesor loco bajo la presión? Adivinando su pensamiento, Jan Palermo le dijo:
- Ha vuelto el Fiscal General. He llegado un acuerdo con él. He hecho todo lo que he podido para sacar a esta gente de la ignorancia, y mi muerte me importa ya poco, pero no puedo arrastrarte a ti en mi caída, joven ayudante.
Jan miraba a David. Si no le hubiera llevado consigo aquel maldito día en la capital de su país. Lo que había tenido que hacer por aquel muchacho. Pero aún creía que el chico estaba llamado a hacer grandes cosas.
- Pero, señor, ¿y a qué tipo de acuerdo ha llegado Vd.? ¿Qué tiene para ofrecerle? - acertó a decir al fin David, con la respiración entrecortada por el sollozo.
- Mañana lo verás. Ahora descansa, que mañana emprenderemos un nuevo viaje, como hombres libres, o casi.
David no se creía lo que oía. ¿Había esperanza, después de todo? ¿O el profesor se había vuelto loco sin remedio? El día había sido intenso y las emociones muchas, así que el joven se quedó dormido al poco, sin recordar que tampoco él había cenado.
Les levantaron temprano por la mañana; el Juez quería dictar sentencia expeditivamente. "Nada de sutilezas de procedimiento", pensó Jan, "cómo cambian las cosas cuando la necesidad aprieta". Jan y David entraron en la sala en medio del abucheo general, que debía ser del agrado del Juez pues tardó varios minutos en llamar al orden. Su abogado permanecía sentado a su lado, seguramente pensando que quizá no era tan buena la publicidad de este caso. Se hizo finalmente el silencio y el Juez se dispuso a ordenar al Presidente del Jurado que leyese la sentencia cuando Jan habló con voz fuerte y clara:
- ¡Quisiera hacer una declaración que he acordado con el Fiscal General!
El Juez hubiera cortado la cabeza de Jan en aquel mismo momento si hubiera tenido un hacha, y abrió mucho la boca, rojo de la rabia, para ordenar que lo devolvieran al calabozo - y quizá por el camino lo apalizaran - cuando vio de pie entre el público la imponente figura del Fiscal General, vestido completamente de negro, que con un gesto imperativo asintió. El Juez se quedó paralizado, ridículo con su gran boca abierta y su tez que había pasado súbitamente del rojo al blanco más pálido. Finalmente dijo:
- Sea rápido, profesor Palermo.
"Montesquieu debe estar revolviéndose en su tumba", pensó Jan, y un segundo después reparó en que volvía a ser "profesor". Nunca le gustaron demasiado los títulos, pero su uso reflejaba bastante claramente la opinión de quien hablaba sobre él. Fue directamente al grano:
- Pido disculpas por mi actuación de ayer. Hasta ayer temía por mi vida y por la de mi familia si accedía a revelar los secretos que conozco. La asociación de los Illuminati, a la que pertenecí, hubiera acabado con todos nosotros- le costó decir estas palabras, conteniendo la risa. David le miraba atónito, como si no le conociese.
- Pero el Fiscal General me ha dado las máximas garantías personales - prosiguió Jan - y ahora puedo decir lo que sé en realidad. Me he comprometido con el Gobierno de la República para recuperar el proyecto Tesla, en el que yo participé. Me faltan materiales y los planos de los sistemas de generación de energía libre, destruidos por los Illuminati, pero espero en poco tiempo hacer los primeros prototipos y que en un plazo de pocos años la República recupere el esplendor que merece y que de nuevo sea el faro que ilumine el mundo.
Los ojos se le salían de las órbitas al Juez, la mandíbula irremisiblemente dislocada. Hubiera dicho algo, pero el Fiscal General se avanzó entre la multitud y dijo con fuerte voz:
- Es cierto. De hecho, tengo la orden del Gobierno - y se la entregó al Juez - de trasladar inmediatamente al profesor Palermo y a su ayudante a una instalación militar de máxima seguridad en la que desarrollarán las nuevas centrales Tesla que serán la envidia del mundo y el orgullo de la República - y girándose hacia el público, alzando los brazos dijo: "¡¡Viva la República!!", que fue contestado con tres salvas de "¡¡Viva!!" como en los días de Fiesta Nacional. Un grupo de diez soldados rodearon a Jan Palermo y a David Ros y los escoltaron hacia la salida. Cuando salían por la puerta Jan pudo ver que el Juez seguía con la misma expresión estúpida, la boca grotescamente abierta.
- Lo que propone es absurdo, profesor - dijo David una vez en el camión que les transportaba a su ignoto destino. Lo dijo en su lengua materna pero aún así en voz baja, por temor a ser entendido.
- Lo sé - contestó Jan sin ni siquiera mirarle - No sólo eso: es completamente contradictorio con mi alegato del otro día. Pero resuena perfectamente con los prejuicios de esta pobre gente. Fueron incapaces de entender lo que les decía ayer porque contradecía sus expectativas, y por eso estaban tan furiosos. Hoy, sin embargo, les he dicho lo que querían oír y esto sí que lo han escuchado.
David calló. Tenía la tentación de preguntarle al profesor Palermo qué plan tenía para evadirse mientras montaban ese fantasioso proyecto, pero pensó que les podrían estar entendiendo y no podía formular la cuestión tan abiertamente. Por lo que parecía, iban a estar todo el rato bajo custodia militar - era obvio que el gobierno de la República atribuía mucha importancia a este proyecto- y evadirse no iba ser nada fácil. Todo era cuestión de alargar el proyecto durante años hasta que sus captores se relajasen y ellos encontrasen la manera de escapar.
- ¿Y en cuantos años quieren que montemos la primera planta? - preguntó por fin David.
Jan sonrió cínicamente y dijo: -En seis - y delante de la mueca de David añadió. - Meses, no años-
David se quedó blanco. Seis meses. Habían ganado seis meses, pero igualmente estaban muertos.
Antonio Turiel
Figueres, Junio de 2013
jueves, 14 de junio de 2012
El mito del científico malvado
Queridos lectores,
Enlazando con un post anterior, querría discutir un aspecto de la cultura popular que nos es inculcado repetidamente desde los medios de comunicación y de los vehículos de entretenimiento: el del científico malvado. De nuevo puedo servirme de la serie "Phineas y Ferb" como un ejemplo de esa prefiguración de la realidad tan repetido, puesto que uno de los personajes clave en esta serie de dibujos animados es un científico malvado, el doctor Heinz Doofenschmirtz. El tipo es una sublimación del estereotipo de científico loco/científico malvado (esa frontera siempre ha sido difusa) que hemos visto en las películas, pero como la serie es para niños este científico malvado en particular tiene unos planes que son de una ridiculez subida. El Dr. Doofenschmirtz es un tipejo amargado, resentido con el mundo por culpa de una infancia desagradable trufada de escabrosos episodios a cual más patético; ya en la edad adulta, el tipo intenta vengarse de todo y de todos usando para ello un grado de ingenio y desenvolvimiento técnico que no desmerece al de los dos héroes de la serie, Phineas y Ferb. Afortunadamente, el tipo es un pringado de mucho cuidado y siempre la acaba fastidiando, en parte por su deseo de explicarle su malvadísimo plan a su némesis, el agente secreto Perry el Ornitorrinco. El personaje de Doofenschmirtz es de hecho uno de los grandes hallazgos de la serie, y su deconstrucción del arquetipo, abundando en las contradicciones del clásico cliché de científico malvado, es divertidísima. Como queda claro en muchos episodios, en realidad el Dr. Doofenschmirtz espera que Perry le detenga y no poder llevar a cabo su malvado plan. Más aún, Doofenschmirtz es tan patético y su vida ha sido tan miserable que muchas veces es tierno, y uno puede llegar a identificarse con esa faceta de loser, de perdedor que tiene. Y si quiere profundizarse más en la dialéctica de los personajes, la lucha eterna entre Doofenschmirtz y Perry simboliza nuestra propia lucha interna, como adultos, entre infantiles ansias de venganza/vindicación (Doofenschmirtz) y la necesidad de ser responsable, adulto y paciente (Perry).
Pero yendo al tema del post, lo que resulta curioso es la repetición una vez más del cliché "científico malvado", aunque en este caso se trate con mucha ironía. A mi me resulta chocante lo repetido que está este estereotipo, sobre todo por lo muy alejado que está de la realidad que yo mismo como científico conozco (y que a mi modo de ver está mucho mejor reflejada en el ya gran clásico PhD Comics).
Y es que en realidad los científicos son tipos que se levantan de madrugada, como todo hijo de vecino, y van a su trabajo donde se tirarán muchas horas, como todo hijo de vecino. Trabajo que la mayoría del tiempo no tiene nada de emocionante, sino de repetición cuidadosa y sistemática de ciertas manipulaciones con resultados nada espectaculares - como el de todo hijo de vecino, vamos. Es un trabajo que requiere paciencia, meticulosidad y tiempo, mucho tiempo, y no pocas dosis de reflexión y de creatividad. Es un trabajo que no se acaba cuando sales por la puerta del laboratorio, sino que te sigue a todas partes; es un trabajo que te obsesiona y te absorbe, al que acabas dedicando días y noches y con el que continúas una vez en casa, "sólo una horita más" y a las 2 de la mañana decides que quizá deberías echar una cabezada, que mañana tendrías que madrugar para acabar aquel experimento. ¿Y total para qué?, se preguntarán ustedes. Pues para sacar un pequeño resultado novedoso, publicar un artículo con él, mostrarlo en un congreso y recibir un cierto reconocimiento de la pequeña comunidad sobre-especializada a la que uno pertenece dentro de todo el rebaño de la ciencia mundial. Todo lo cual está bien, pero en realidad uno hace este trabajo por el desafío intelectual, por el placer de descubrir algo más, por desvelar un enigma. Y los enigmas que uno va desvelando son tan nimios, son piezas tan pequeñas del gran rompecabezas de la ciencia, que resulta difícil explicar nuestro entusiasmo con ellos al lego, y ya no tanto por su complejidad técnica, sino porque se hace difícil hacer comprender cómo el nimio detalle al que el científico ha conseguido dar explicación tras meses de trabajo es tan emocionante. Porque lo es sólo para el científico. Aunque gracias al trabajo desinteresado de miles de científicos que como hormiguitas aportan su pequeño saber la ciencia humana continúa avanzando a un ritmo considerable.
Pero, no nos engañemos, en la sociedad pro-BAU en la que hasta ahora hemos vivido el científico es, socialmente, un loser, un perdedor. Un tío que realiza un trabajo gris y anónimo, feliz de poder hacer 50 y 60 horas semanales, siempre pensando en su trabajo, leyendo y estudiando fuera del laboratorio para aprovechar mejor el tiempo. Un pobre diablo que va empalmando contratos precarios, saltando de laboratorio en laboratorio al principio con el fin de formarse y ser más competitivo (para poder optar a becas y contratos públicos, que son duros de conseguir) y al final simplemente por no irse al paro. Un mindundi que se tira una década o dos cobrando salarios de mileurista o poco más, a pesar de su alta formación académica, sin soñar con tener un lugar estable donde asentarse y a veces ni siquiera una familia. Desde la perspectiva dominante de esta sociedad un tipo así debería ser un amargado y un resentido; pero para sorpresa de muchos no lo es porque le apasiona y ama lo que hace, porque sacrifica el bienestar material y la estabilidad laboral por la creatividad y el desafío intelectual que supone su trabajo. Por desgracia, el sistema ha sido desde siempre, y lo es más ahora, muy duro y golpea afuera a muchos buenos científicos, y a otros muchos se lo pone fácil para que se apeen de él. Si buscan un poco encontrarán muchos ex-científicos que en un momento dado abandonaron una brillante pero poco reconocida carrera. Ésta exclusión forzada es lo más parecido a un agravio, algo que podría alimentar el resentimiento de estos profesiones. Pero se equivocan los que creen que eso es capaz de mover a nuestro esforzado y cabreado científico a una venganza horrible contra el mundo. En realidad estos profesionales no se vengan destruyendo el mundo (algo completamente fuera de su alcance, puesto que nuestra ciencia está lejos de ser tan poderosa como la gente se cree; y además tan infantil comportamiento es carente de interés para quien ha dedicado su vida al saber por el saber), sino que se "vengan" con despecho y de una manera muy original, imposible de entender para quien no frecuenta estos ambientes: la venganza consiste en abandonar completamente la ciencia. Lo cual, por cierto, en realidad sí que es un perjuicio para la sociedad mucho mayor que los ridículos planes de un desmesurado e ilusorio científico malvado.
Resulta también curioso que este cliché llega a estar tan asentado que muchas veces la gente responde con el adjetivo "malvado" cuando dices la palabra "científico" (como el inefable crosscountry que corretea por este blog, o los que acusan al peligroso lobby de los "calentólogos" - nombre despectivo con el que el lobby bien financiado de los negacionistas del cambio climático denominan a los científicos del clima). Resulta curioso este adoctrinamiento borreguil, porque si por algo no se ha caracterizado el colectivo de científicos es por ser malvado.
Piénsenlo un momento. ¿Cuántos hombres de estado malvados - no incompetentes o manipuladores, sino radicalmente perversos- conocen Vds.? Desde Calígula hasta Hitler, continuando por Stalin o Pol-Pot, pocos son los países que no tienen en su haber a un jefe de Estado o de Gobierno que fue un verdadero monstruo. Otro ejemplo: ¿Cuántos líderes económicos malvados serían capaces de citar? No quiero poner aquí nombres -los que me salen son muy actuales- pero seguro que a Vds. se les ocurrirán más de uno a poco que piensen. Y, por terminar, ¿cuántos científicos malvados recuerdan Vds.? Para empezar, casi la mitad de la población española no es capaz de citar ni un solo nombre de un científico relevante, así que como para encima restringir más la búsqueda y pedir que sea malvado... A mí sólo se me ocurre el doctor Josef Mengele, aunque éste era probablemente malvado más bien por nazi que no por médico. No digo que no haya más; digo que sólo éste me viene a la cabeza. Es verdad que a veces se evoca como ejemplo de malos científicos o científicos perversos a los padres de la bomba atómica, pero resulta que si se investiga un poco se descubrirá que en el proyecto Manhattan participó gente con una biografía muy rica y mucho más compleja de lo que un burdo estereotipo puede abarcar: Enrico Fermi, Albert Einstein, Robert Oppenheimer, Richard Feynman... Si no saben nada de estas personas les recomiendo encarecidamente que lean sus biografías y juzguen Vds. mismos. Y no olviden que el que lanza la bomba no es el científico, sino el militar siguiendo órdenes de los políticos...
Todo esto no quiere decir que no haya científicos que sean malvados, como seguramente también haya panaderos malvados o carteros malvados. Pero lo que sí que está claro es que no es lo que abunda, y desde luego los que haya tienen bastante menos impacto sobre la sociedad que algunos psicópatas que nos han gobernado y que nos gobiernan. Y sin embargo el estereotipo no está tan implantado en el caso de los gobernantes o los banqueros, incluso ahora que la percepción social de ambos colectivos es mucho más negativa.
En el fondo, el recelo contra la ciencia bebe de fuentes muy antiguas, y en general de inspiración religiosa. Veamos algunos ejemplos. La manzana que comieron Adán y Eva venía del Árbol del Bien y el Mal, al cual a veces se le llama "El Árbol de la Ciencia". Prometeo roba el fuego (que simboliza la industriosidad) a los dioses para dárselo a los hombres, y los dioses envían a Pandora y su infausta caja para seducir a Epimeteo, hermano de Prometeo (al cual, por cierto, cuentan los mitos que después Zeus condenó a una horrible tortura: un águila le devoraría eternamente el hígado). La aversión a la ciencia, al conocimiento fundado (pero no al supersticioso, al religioso o al pensamiento mágico) está muy arraigado en la tradición judeo cristiana. Baste recordar la historia de la Torre de Babel, entre otras en la Biblia, o la persecución y muerte a las "brujas" (generalmente mujeres que se ocupaban de necesidades sociales ignoradas por la sociedad masculina) hasta fechas no tan lejanas. En la literatura moderna el mejor ejemplo y un modelo que ha inspirado muchos posteriores es el mito de Frankenstein, que también bebe de la tradición judeo-cristiana (¡cómo osa el hombre creerse Dios y crear vida!).
Subyace en el fondo un deseo de controlar la ciencia, de que vaya por cauces controlados. Mientras la ciencia sea meramente técnica y favorecedora del BAU ("neutra", he llegado a oír a veces) es aceptable; cuando comienza a mostrar los límites de la Naturaleza y las limitaciones de nuestra técnica, entonces es sospechosa y digna de reprobación. Al final, lo que se pretende es atar en corto la ciencia y que esté al servicio de los intereses económicos. Al menos así me lo indica mi propia experiencia: en cierta ocasión hice una presentación en un entorno restringido de discusión, en el que también participaba el representante de un potente lobby. Tras mi presentación, en la que la industria a la que él representaba no salía bien parada -en realidad, no salía ninguna, pero dudo que él se diera cuenta de eso- me preguntó con qué derecho hablaba yo en nombre del CSIC. Le aclaré que yo no hablo en nombre del CSIC sino como investigador de esa institución, y que el CSIC no tiene una posición fijada sobre ningún tema, no marca unas directrices políticas de obligado cumplimiento a sus investigadores (Dios Santo, ¡sólo faltaría eso!). Mi respuesta no le dejó del todo satisfecho; seguramente pensaría que qué tipo de institución tan poco seria es el CSIC que no pauta una censura informativa conveniente.
En el fondo, no nos engañemos, no queremos que la ciencia nos muestre toda la verdad, sino la que nos guste. No sea caso de que aparezcan informes como éste recientemente aparecido en Nature donde se explica que estamos a punto de cambiar nuestro planeta de manera que podría volverse inhabitable. Y siguiendo la vieja práctica de matar al mensajero, cuando nos dicen lo que no queremos oír aducimos que lo que sucede es que los científicos son malos y nos quieren hacer la puñeta. Una reacción muy adulta, vamos.
Y en este contexto, la Secretaria de Estado de Investigación, nada menos que en un artículo en la prestigiosa revista científica Nature, y después de muchos circunloquios sobre la necesidad de la excelencia y de que la crisis puede ser una oportunidad, va y anuncia que en España sobran científicos... ¡Pobre España, triste e ignorante país! Aunque bien mirado esta posición del Gobierno español es lógica, hasta humanitaria: dado que somos malvados, pobres y pringados, lo mejor que nos puede pasar es que nos extingamos.
Salu2,
AMT
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