Mostrando entradas con la etiqueta política. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta política. Mostrar todas las entradas

jueves, 13 de junio de 2019

La democracia y la gente informada

Queridos lectores:

Esta semana Javier Pérez nos ofrece este ensayo sobre la estructura de los grupos de opinión en la sociedad y de la dificultad de hacer divulgación de temas complejos y poco intuitivos, como es la crisis energética, justamente por esa estructura social de la opinión. Sin duda un tema que merece ampliarse introduciendo muchos más matices, pero que en todo caso debería movernos a la reflexión.

Les dejo con el maestro Javier.

Salu2.
AMT 


La democracia y la gente informada




Como no dejamos de preguntarnos cómo hacer para que nuestro mensaje llegue al público, y el modo en que sería necesario explicarlo para que dejara de ser marginal, me ha parecido oportuno, con el permiso de Antonio, realizar una pequeña incursión en el tema del márketing, y más concretamente en el márketing de las ideas.
Saber estas cosas no mejora el cinismo, pero ayuda a no preguntarse tan a menudo por qué las cosas parecen estropearse a toda velocidad. En este caso se trata de marketing aplicado a la política, o las ideas, así que no esperéis grandes dosis de ética ni tampoco mucho catecismo moralista. Se trata de presentar las cosas como son y eso no es siempre agradable.
Cuando le quieres vender algo al público, hay que tener en cuenta los distintos segmentos en que se divide la población. Se puede segmentar el público por edad, por sexo, por renta y hasta por grado de calvicie. Y también se le puede segmentar por grado de cultura, conocimiento del tema, o deseo de informarse sobre los problemas que puede acarrear algo aparentemente deseable.
Los grupos humanos, aunque no todos, suelen ser en su mayoría y a nivel estadístico homogéneos y gaussianos, o sea, que se ajustan más o menos a una distribución normal o campana de Gauss.
Como vamos a vender política, o ideas, nuestra campana, muy similar a otras que pueden trazarse, va a tener amplias gradaciones, pero intentaremos resumirlas.
En todo grupo de población hay aproximadamente un 5% de personas muy difíciles de convencer de algo. Esto puede ser porque se informan exhaustivamente, saben mucho del tema, o porque son simples fanáticos de la idea contraria y no están dispuestos a aceptar razonamiento alguno.  No es una crítica: todos lo somos en algún tema, y esto es aplicable también al resto de grupos.
En todo grupo hay también un segundo segmento, de aproximadamente el 10% que es tremendamente reacio a ser convencido. Es gente informada, que comprueba la información que recibe y/o tiene fuertes convicciones. Se les puede convencer, pero a un coste de tiempo y esfuerzo altísimo.
En cualquier grupo existe asimismo una tercera fracción, de aproximadamente el 15%, que lee, se informa, pregunta, pone pegas, discute, rebate, y puede ser convencida tras un moderado esfuerzo.
En cuarto lugar, con zonas mixtas en sus dos extremos, tenemos al grupo central, de un 40% de la población, que forma sus opiniones basándolas en las de la mayoría. Son gente que opina lo que opinen los demás, no levanta la voz, viste a la moda, compra el coche del que le han hablado mejor, ve la serie de la que todo el mundo habla, tiene el móvil que tienen sus amigos y considera, en general, que nadar contra corriente es una cosa un tanto indecorosa que genera mal rollo en las comidas de empresa y los cumpleaños familiares.
Por el lado contrario de la curva sucede un poco lo mismo: hay un 15% de personas que aceptan bastante bien la publicidad y se creen con cierta facilidad lo que se les diga, si va bien envuelto, un 10% que se  cree cualquier cosa con mayor facilidad aún y que lleva a gala seguir a los medios mayoritarios, y un 5% que se cree cualquier porquería que les cuenten, y que todos conocemos por Twitter y los grupos de Whatsapp, por ejemplo, porque son los que repiten esas “fake news” que nadie más se tragaría, ni siquiera el día de los Santos Inocentes.
La cuestión es que estamos en democracia y que cualquier estratega electoral sabe que no es necesario llegar al total de la población para gobernar un país. De hecho, según el sistema electoral, basta con alrededor del 40% de los votos emitidos para tener mayoría absoluta. Y a menudo con menos, aunque algunos sistemas presidencialistas lleguen al 51% de exigencia.
En esas condiciones, ¿vale la pena invertir tiempo y esfuerzo en las personas que se informan y contrastan los datos? ¡Para nada! Alguien que hiciese semejante cosa estaría despedido antes aún de empezar la campaña.
Lo racional y efectivo es dedicar toda la inversión y el esfuerzo a la gente que no lee, a la gente que no se informa y a la gente a la que le da pereza pensar, sobre todo si se trata de temas complejos y hasta contraintuitivos, como la escasez energética. Los que razonan y debaten no suman, nunca, más votos que los que lo hacen, y si el esfuerzo que cuesta convencerlos es triple o cuádruple de lo que costaría convencer a los otros, no tiene sentido debatir nada con ellos. En todo caso, se puede invertir una porción de los recursos en ridiculizarlos para que el grupo medio, el que prefiere no discutir, se aleje de su mala sombra y su olor a “frikis aislados” pero ni un céntimo más allá de eso.
Así las cosas, creo que el camino está claro: seguir debatiendo y seguir informando, pero sin falsas aspiraciones. El tema es complejo, farragoso, contraintuitivo y muy costoso en tiempo y esfuerzo.
Esta crisis, que no acabará nunca, no tiene sus raíces solamente en la energía: también en la imposibilidad material de verse en el espejo de un sistema que da prioridad política a quienes desean dejarse influenciar, sin reflexión, por cualquier grupo de poder. Hoy en día, todos sospechamos que ningún gobierno democrático del mundo sería capaz de sacar una ley que perjudicase seriamente a Google, por ejemplo.
Por eso, la variedad ideológica llega a donde llegan los intereses de los que disponen de los recursos para fomentarla o tolerarla, pero ni un palmo más allá. Otra cosa no tendría sentido.
Y no es una conspiración: es una simple cuestión de márketing. En democracia nadie necesita a los bien informados para gobernar. Son irrelevantes.

Javier Pérez


miércoles, 24 de agosto de 2016

Aspectos éticos y políticos de la divulgación científica: el caso del peak oil





Queridos lectores,

A raíz de la publicación del último post se ha suscitado una pequeña discusión con los lectores, en la que se abordaron diversas cuestiones. De entre todas ellas, hay una especialmente que quisiera comentar esta semana. En el transcurso de la conversación, un lector comentaba que a él no le gusta el sesgo ideológico que, según él, yo demuestro en ese artículo en cuestión, y que según parece hace bastante tiempo que demuestro claramente, hasta el punto que según su opinión al menos una parte de lo que hago no se puede distinguir de la mera propaganda. Este sesgo, al decir de este lector, compromete la utilidad del trabajo de divulgación que hago, y por ello él se quejaba de que mis artículos no proyecten un punto de vista más neutro y técnico; peor aún, que quizá yo estoy abusando de mi condición de científico para propagar ideas de mi propia agenda política, de acuerdo con cierta ideología que yo tengo (aunque este lector no pudo o no quiso identificar).

La cuestión de fondo, al final, es la conveniencia de que yo escriba y publique posts en los que doy una valoración bastante personal de cuestiones que no son directamente técnicas (en el caso del último post, los problemas éticos que suscita viajar a destinos prefabricados en países distantes). Digamos que para el gusto de este lector, y probablemente para el de muchos otros, lo preferible es que me centre en analizar datos y más datos, extrayendo de ellos las conclusiones directas, y probablemente sin deducir las previsibles consecuencias a más largo plazo de mantener las actuales tendencias negativas. Vamos, que lo ideal es que me centre en posts áridos y difíciles de digerir, sin tratar de sacar lecciones para el futuro, dejando a otras personas (nuestros líderes, me imagino) el utilizar esa información para diseñar las políticas adecuadas que las tengan en cuenta.

En una sociedad educada, la discrepancia en algún aspecto no impide que el lector, informado y con criterio, pueda escoger aquello que encuentra útil y desdeñar aquello que considera accesorio o incluso equivocado. Sin embargo, hoy en día se considera normal que cualquier persona que intenta aportar a la discusión organizando la información, incluso quien lo hace pro bono en su tiempo libre como es mi caso, tenga una especie de obligación implícita de cumplir con unos estándares de calidad. Aparte de la dificultad de conseguir llegar a ese nivel de calidad (no siempre lo que escribo está a la altura siquiera de mis propias expectativas, por falta de tiempo principalmente), lo curioso es que las quejas suelen venir no tanto por la fiabilidad de los datos o de los análisis como por la derivación de conclusiones que van más allá de los números fríos. En suma, que lo que parece más inapropiado y polémico es entretenerse en razonamientos de naturaleza ética y política, hasta el punto de que algunos consideran tal proceder impropio de un científico y que me desacredita por completo.

Yo discrepo absolutamente de esa visión, y en particular afirmo rotundamente que mi trabajo de divulgación tiene, por encima de todo, una naturaleza ética y una naturaleza política; las cuales son tan esenciales a lo que hago que, de hecho, si no fuera por ellas simplemente no existiría. Y me parece alarmante que algo que debería ser por un lado evidente y por el otro algo natural y comprensible sea considerado como algo "impuro" en un trabajo de divulgación científica, incluso como algo obsceno que hace que todo lo que digo se vaya al traste. Hay dos razones que explican ese "horror por la condición ética y política de la divulgación científica". El primero es la confusión de lo que significan los términos "ética" y "política", que hace que el lector desavisado confunda lo que digo con otros usos más sobados y desmadejados de esas palabras. El segundo, más perverso, es el trasfondo ideológico de la corriente de pensamiento que domina nuestra sociedad, que pervierte el papel de la ciencia como algo instrumental a su servicio y que convierte en algo desviado todo aquello que lo cuestione, incluso si es una simple conclusión lógica. Seguidamente analizaremos estas dos cuestiones.
 

Todo este blog es una cuestión de ética. Nadie me obliga a escribir aquí; no me pagan por ello ni está previsto en mi contrato que me dedique a estas tareas. Las hago cuando acabo con mi trabajo convencional, en mi tiempo libre, a veces quitándome horas de sueño. Precisamente por eso, porque no tengo ninguna obligación de hacer esto, hay algunas personas que buscan explicaciones extrañas, intentando encontrar una justificación un tanto torticera a mis intenciones, típicamente en forma de una agenda oculta. En realidad, mis intereses y motivaciones son bastante simples: dado que entiendo y creo las cosas que explico, me preocupa el futuro de mis seres queridos. De hecho, cuando uno trabaja en diversas ramas de la ciencia (no olvidemos que mi trabajo convencional se desarrolla en un instituto de investigaciones ambientales) es fácil que uno vea situaciones graves y tendencias preocupantes; y es por ello natural que surja el impulso de explicar estos problemas y de intentar ayudar a resolverlos: al menos fue por eso, por intentar resolver los problemas de la gente, que yo hace muchos años decidí meterme a científico. Por tanto, el compromiso de divulgar estos problemas es ético: uno se preocupa por el bienestar de los demás, cree que el curso actual de los acontecimientos es muy peligroso y pretende ayudar para evitar como mínimo lo peor de lo que se está preparando. 

Que adopte la posición que tomo por razones éticas no quiere decir que tenga intenciones moralizantes. A veces me encuentro, cuando doy charlas divulgativas, que algunas personas me comentan que tienen coche, que lo usan por tal o cual motivo, y prácticamente se me disculpan por ello. Lo cual es un tanto absurdo: yo no soy un gurú espiritual, yo no considero intrínsecamente perverso utilizar el automóvil o cualquiera otra de las comodidades del mundo moderno; es más, considero lógico, en el contexto en el que se encuentran la mayoría de las personas, que hagan aquello que está mejor adaptado a su realidad (personal, laboral, familiar). De hecho, no se trata de ser "bueno" o "malo" en un sentido maniqueo; se trata de escoger lo más conveniente y discutir entre todos un plan eficaz para hacer la transición de la manera menos traumática posible. No se trata, por tanto, de esa moralización tonta que hacen algunos grupos ecologistas, intentando convencernos de que debemos cuidar de la Naturaleza como si fuera un ser inferior. Que va. En el caso de los problemas ambientales, al igual que en el caso del peak oil, es por nuestro propio interés que nos interesa hacer cambios (y no sólo ni principalmente individuales, sino colectivos y societarios). Una vez más, creo oportuno rescatar esta viñeta que resume los términos de nuestra situación de manera magistral.



 Todo el blog es, además, político por definición. El uso común de la palabra "política" ha pervertido su significado. De acuerdo con la wikipedia: "La política (< latín politĭcus < griego antiguo πολιτικός politikós, femenino de πολιτική politikḗ [‘de, para o relativo a los ciudadanos’]) es el arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados.1 Constituye una rama de la moral que se ocupa de la actividad, en virtud de la cual una sociedad libre, compuesta por personas libres, resuelve los problemas que le plantea su convivencia colectiva. Es un quehacer ordenado al bien común.". Por tanto, ya etimológicamente la política trata de las cuestiones que importan a los ciudadanos y, como destaca la wikipedia, es una rama de la moral, que justamente trata de cómo resolver los problemas colectivos. La llegada de la producción de recursos naturales no renovables a su máximo y la incapacidad de sostener un sistema económico y social basado en el crecimiento, amén de los impactos ambientales de este sistema productivo, son cuestiones políticas por definición, pues plantean problemas serios y objetivos para la convivencia colectiva. Una cuestión diferente es la toma de posiciones de tipo partidista, es decir, en favor de una u otra ideología ("conjunto de ideas acerca del sistema social"), que como tal son opinables y convencionales. Yo evito al máximo la toma de posiciones partidistas; yo no me caso con ninguna ideología, con ningún "ismo" (recuerdo hace años como, en un debate en la Universidad de Valladolid, algunas personas del público se escandalizaron un poco cuando dije que a mi no me interesaba el ecologismo y que yo no era ecologista). Como he dicho muchas veces, a mi no me interesan las razones ideológicas, sólo las lógicas; y en suma sólo me interesan los datos y las conclusiones que de ellos se derivan, y definiendo muy claramente su marco de aplicación. Alguien podrá alegar que, si bien la llegada al máximo productivo del petróleo, carbón y demás materias no renovables es un hecho probable, todavía es incierto en qué momento se llegará a ese máximo, si no se ha llegado ya; y tiene razón: justamente de eso va este blog, de la discusión de los datos de los que se dispone y la valoración de los problemas que de ellos se derivan, siempre en continua revisión y reevaluación, pues nada es cierto y seguro por siempre.  

A pesar de lo anteriormente dicho, hay quien considera, como mi lector, que yo muestro cierto sesgo ideológico en mis análisis y escritos, y posiblemente en la elección de temas  y por supuesto la manera de presentarlos. La presencia de tal sesgo es posible, pues yo soy humano y aunque intento dar un tratamiento el más ecuánime posible a las cosas de las que hablo y centrarme en las cuestiones factuales y descriptivas, inevitablemente algún sesgo debo tener. Debo decir, empero, que me cuesta identificarme ideológicamente, pues discrepo profundamente con todas las corrientes de pensamiento que conozco, aunque con algunas más que con otras; así que me resulta un tanto chocante la facilidad con la que algunos parecen adjudicarme una u otra etiqueta. A no ser, claro, que el sesgo ideológico esté en el lector, que interpreta como sesgado ideológicamente aquello que contradice su sistema de creencias.

Y aquí entra la otra cuestión que explica el "horror por la condición ética y política de la divulgación científica": la de la contradicción del discurso socialmente hegemónico. De acuerdo con la visión del mundo comúnmente aceptada en la sociedad moderna, la ciencia tiene un carácter meramente instrumental: la ciencia es el paso previo para el desarrollo tecnológico. Es por eso que hoy en día a los sistemas de ciencia se les conoce como sistemas de I+D (Investigación y Desarrollo, a los que en España originalmente se le añade un "+i", de "innovación", con minúscula por algún motivo). Esto deja claro lo que se espera de la ciencia: que ayude a construir los inventos del mañana. Lo último que se espera de la ciencia, por tanto, es que muestre límites e imposibilidades, y lo que ya es intolerable es que la ciencia demuestre la imposibilidad de continuar con el sistema económico vigente, precisamente porque en el modelo social actual se le ha dado a la visión imperante de la economía el papel de agente principal de toda la sociedad, con el mercado en su centro. Por tanto, aquellas actividades científicas que entran en contradicción con la visión imperante suelen ser relegadas en dotación de recursos (véase el caso de lo que pasó con los estudios de dinámica de sistemas después de la publicación del denostado "Los límites del crecimiento"). Aquellas disciplinas que durante tiempo fueron bien financiadas (por el interés del sistema) y por tanto crecieron fuertes, pero que al final han entrado en conflicto con el discurso hegemónico son ahora denostadas y usando para ello muchos recursos (es el caso de la ciencia del cambio climático). Y, en general, cualquier estudio que analice, precisamente, la inviabilidad y sostenibilidad de la sociedad actual suele ser caracterizado como "poco neutral", "sesgado ideológicamente" e incluso "poco científico". Porque en suma lo que requiere el  discurso hegemónico es que la ciencia se centre en crear nuevas máquinas y cosas útiles para mantener el crecimiento económico. Por otro lado, en aquellas disciplinas en las que inevitablemente se observa la degradación ambiental del planeta o se muestra la imposibilidad material de mantener el crecimiento, lo que se pide a los científicos es que se mantengan "neutrales", es decir, que practiquen una suerte de esquizofrenia que les permita permanecer indiferente por la suerte de la Humanidad, incluyendo la de sus seres queridos y de ellos mismos; así, se espera que expliquen la degradación de los bosques de la Amazonia, la desecación de mares y ríos o los cambios en el Ártico y su impacto en el clima del Hemisferio Norte de la misma manera que el empleado de un almacén recitaría el recuento del último inventario. Y por supuesto se considera inaceptable y poco riguroso que se extraigan conclusiones triviales de los hechos observados.

Y aquí entra el trasfondo último, ético y político, de esta cuestión. ¿Se debe aceptar como verdad indiscutible unas premisas sociales cuando nuestro trabajo nos muestra los problemas que se están causando? ¿No tiene uno que reaccionar delante de tanta barbaridad? Como se suele decir: ¿es saludable estar bien adaptado a un sistema enfermo? Y aún una implicación ética más urgente y grave: ¿no se vuelve uno cómplice de un sistema suicida si, viendo de manera evidente los problemas, ni siquiera los denuncia?

Los años que vendrán plantearán dilemas éticos continuos, cada vez mayores. Como tantas veces se ha discutido en este blog sabemos que, si no cambiamos nuestra manera de hacer, se producirán más guerras, hambrunas, revueltas y muerte. ¿Qué debemos hacer? 

¿Debe el científico dejar de extraer consecuencias sociales de sus análisis? Al margen de que éstas se puedan calificar de científicas o no. 

Pero el problema no es sólo para el científico.

¿Debe el periodista manipular groseramente la información, a veces más sutilmente sesgando la agenda, o contar la verdad y toda la verdad, aunque eso le pueda costar el trabajo?

¿Debe el policía reprimir a los manifestantes que reclaman una vivienda digna, si así se lo ordenan? ¿Y a los que protestan por los desahucios producidos al amparo de leyes abusivas aprobadas por parlamentos que parecen estar antes al servicio de los grandes capitales que de los ciudadanos que los han elegido? Se podría decir que todos esos colectivos tienen otros cauces para conseguir sus fines, pero, ¿qué pasará cuando haya revueltas por falta de suministros básicos? ¿Cuando haya hambre, enfermedades y muertes?

¿Debe el médico omitir la asistencia al necesitado sin recursos? ¿Y debe callar ante las cada vez más clamorosas deficiencias materiales y de personal de los servicios?

¿Debe el maestro aceptar que cada año se cambien los libros de texto, aunque a las familias les cueste comprarlos? ¿Y es aceptable que se cierren los comedores escolares durante el verano, a pesar de que algunos niños sólo reciben una comida decente en el colegio gracias a las cada vez más exiguas becas de comedor?

¿Debemos aceptar, cada uno en nuestro lugar de trabajo, que se contrate a gente por un sueldo cada vez menor para hacer un trabajo igual que el nuestro, sin protestar, sin reaccionar, contentos con nuestra suerte y rezando para que el día de mañana no nos encontremos en esa misma situación, o incluso en el paro? ¿Y qué será de nuestros hijos?

En resumen, ¿es aceptable cerrar los ojos delante de desmanes previsibles? ¿es lógico callarse mientras los problemas se van haciendo cada vez peores? Esa pasividad es la que nace de aquella visión tradicional en España, propia de la generación de mis padres: "Hijo mío, no te metas en líos". Demasiado tarde: ya estamos metidos en muchos líos (crisis, paro, guerras, hambrunas, atentados) y más que van a venir, precisamente por no haber hecho nada durante todos estos años, por haber permitido que un sistema claramente insostenible, suicida y temerario se enseñoree de nuestras vidas. Como se ha visto, ser pasivo no evita los problemas; al contrario, los favorece. No tiene sentido seguir siendo sumiso a unos intereses que no dudan en sacrificarte en cuanto lo necesitan, como ya se ha demostrado tantas veces. Por eso yo, personalmente yo y no otra persona, hace ya unos cuantos años decidí pasar de ser servil a intentar servir, y estar al servicio de la sociedad que me ha dado todas las oportunidades para formarme. Para ayudar a conseguir el cambio que todos necesitamos, un cambio que nos permita vivir en equilibrio con nuestro planeta. 

Ahora, querido lector, examine sus propias opciones y considere qué es lo que debe hacer Vd.


Salu2,
AMT


miércoles, 4 de mayo de 2016

El fracaso político



Queridos lectores,

El final de la XI legislatura española, no por más esperado menos abrupto, probablemente marcará un punto de inflexión en la política española. Las elecciones del pasado 20 de diciembre mostraron que el panorama político español ha cambiado de manera radical en los años que llevamos de esta crisis económica que no acabará nunca. De tener dos partidos hegemónicos, nomimalmente situados a la izquierda y a la derecha del espectro político (para cuya alternancia en el poder los partidos minoritarios servían oportunamente de bisagra cuando el electorado no les atribuía la mayoría absoluta) hemos pasado a un nuevo panorama, en el que al menos cuatro formaciones políticas de alcance nacional se disputan porciones considerables del electorado español. Esta división a cuatro hace imposible un discurso de la hegemonía, puesto que las cuatro facciones, de tamaño desigual pero todas ellas significativas, representan cuatro sensibilidades políticas diferentes que necesitan ser tenidas en cuenta si se quiere conseguir una mayoría suficiente sobre la cual asentar un Gobierno estable. Cada una de estas facciones tiene un contrato implícito diferente con su electorado, y eso ha imposibilitado, al menos durante esta legislatura, ciertas coaliciones ad hoc para formar Gobierno. Tras poco más de 100 días de escenificación de la impotencia y de reproches cruzados (reproches muchas veces matizados, pues todos son conscientes de que a quien se veja hoy podría tener que ser nuestro aliado de mañana), sin que nadie lo haya pedido explícitamente pero aceptado tácitamente por todos, se ha forzado la disolución de las Cortes y la convocatoria de nuevas elecciones, en cumplimiento de los trámites previstos en la Constitución española.

Qué pasará en la nueva convocatoria, prevista para el 26 de junio (pocos días después del crucial referéndum en el que los británicos decidirán sobre su permanencia en la Unión Europea) es un ejercicio más de especulación que de cálculo. Los grandes medios de comunicación se han aprestado a adelantar que la situación cambiará poco, o que como mucho la previsible abstención favorecerá al partido conservador PP, que gobernó hasta diciembre y aún lo hace de manera interina (aunque con sus atribuciones capadas por mandado constitucional). Tampoco se puede descartar que, si el nuevo partido político de izquierdas Podemos llega a un acuerdo con la minoritaria formación Unidad Popular y se presenta coaligados en todas las circunscripciones, podrían cosechar un relativo éxito electoral en la mayoría de ellas, como ya lo hicieron en aquellas provincias donde se presentaron coaligados en las elecciones de diciembre. Tal aumento, en caso de producirse, no les permitiría en ningún caso alcanzar la mayoría absoluta, pero iría fundamentalmente en detrimento del PSOE, quien empeoraría aún más su peor marca histórica (justamente, la de diciembre pasado) y desencadenaría una serie de movimientos telúricos que acabarían probablemente con un pacto de gran coalición PP-PSOE para bloquear el paso a Podemos. 


Incluso sin un ascenso tan marcado de Podemos, el escenario de una gran coalición PP-PSOE continúa siendo el más probable, y eso acabaría suponiendo un grandísimo desgaste electoral, sobre todo para el PSOE. Tal pacto acabaría por minar la base electoral del PSOE, pues el Gobierno que emergerá de las próximas elecciones tendrá que hacer frente a unos años muy complicados: recortes de 10.000 millones de euros impuestos desde Bruselas por el exceso de déficit español en el año 2015, más recortes nuevos para 2016 a medida que las previsiones macroeconómicas vayan empeorando, y una situación económica mundial que anticipa una nueva recesión que acabará arrastrando a España y castigará electoralmente a los partidos en el Gobierno.

Al margen de la forma concreta de la degradación política de España, lo que revela la situación actual es un conflicto entre unos modos de hacer que han funcionado de manera relativamente eficaz (sobre todo para ciertos actores) durante las últimas décadas y unos nuevos modos, no necesariamente mejores que los anteriores pero que buscan adaptarse a una situación cambiante, donde las seguridades son pocas. El modo tradicional está anquilosado en sus costumbres, y por eso ha sido completamente incapaz de plantear pactos políticos acordes con los nuevos tiempos: el planteamiento tanto del PP como del PSOE ha sido de buscar acuerdos a la vieja usanza, como los que están acostumbrados a celebrar con los partidos minoritarios que tantas veces les han servido de bisagra. Obviamente, esto no podía funcionar esta vez. Por la parte del PP, porque el único acuerdo que realmente le servía era el gran pacto con el PSOE, al cual no podía tratar como si fuera una franquicia nacionalista, ofreciéndole pequeñas concesiones a cambio de su apoyo. Por la parte del PSOE, resulta curioso comprobar que se ha sentido más cómodo y le ha resultado más fácil pactar con un partido, Ciudadanos, que en materia de política económica está más a la derecha que el PP (aunque en cuestiones de libertades individuales esté más a la izquierda, lo cual confunde a no pocos) que con un partido de izquierdas, Podemos, cuyo programa electoral podía perfectamente haber suscrito el PSOE de 1982. Desde el PSOE no han entendido que Podemos no haya querido sacrificar su apoyo electoral en la búsqueda de un pacto "con sentido de Estado". Para Podemos determinadas cuestiones sensibles, inspiradas por un contacto más directo con su electorado, eran irrenunciables; lamentablemente, justo esas cuestiones eran inaceptables para el aparato del PSOE, y por esa razón el pacto era imposible.

La emergencia de las formaciones de nuevo cuño (extremadamente poliédricas en el caso de Podemos, donde en realidad la formación se presenta electoralmente como una amalgama de confluencias territoriales) es un síntoma más del hartazgo de la ciudadanía tras más de ocho años de crisis económica que han puesto en evidencia la endeblez institucional del Estado español, debilidad que tiene dos vertientes fundamentales:


  • Por una parte, los continuos recortes y la austeridad impuesta por las instituciones internacionales que, al igual que al resto de países europeos, supervisan de facto la política económica de España (Comisión Europea, Fondo Monetario Internacional y Banco Mundial) han minado los sistemas de protección social españoles de tal manera que una parte de su población se encuentra en condiciones muy precarias; unos españoles que vivían mucho mejor y más protegidas no hace tantos años y cuya caída alimenta su resentimiento contra el sistema: siempre es mucho más duro de aceptar el descenso que haber vivido siempre en la miseria. 
  • Por otro lado, la mayor inestabilidad económica y laboral de la población general ha hecho más insoportable que nunca los altos niveles de corrupción en las diversas instancias del Estado. Tal corrupción no es nueva; tiene tantos años como la democracia española y de hecho muchos más: la corrupción política es el resultado previsible de la mercantilización de las decisiones institucionales en un sistema donde los actores económicos más poderosos están acostumbrados a conseguir lo que quieren a golpe de talonario, y es probablemente consustancial a nuestro sistema económico (a aquellos que recurren a una objeción que es frecuente en España, según la cual tal nivel de corrupción es exclusivo o mayor en España que en otros sitios, les recomiendo que presten más atención a las noticias que se publican en la prensa internacional).

Las dos razones enunciadas arriba (precariedad y corrupción), delante de las cuales poca o nula respuesta ha habido por parte de los grandes partidos en 8 años de crisis, han llevado, de manera bastante lógica, a que los ciudadanos hayan buscado nuevas formaciones que realmente atiendan sus reivindicaciones y aplaquen su indignación. Es cuestión completamente diferente si estos partidos atacarán realmente estos problemas o no: en este momento, simplemente, la gente que ha decidido dar su voto a sus formaciones es eso lo que creen y por eso se lo dan. El punto clave es que ambas razones son fruto inevitable de la crisis de sostenibilidad de nuestro sistema económico. En el caso de la precariedad, resulta obvio: si el sistema económico entra en crisis mucha gente se va al paro, y además, dado que la estrategia para mantenerlo a flote consiste en inyectar (directa o indirectamente) capital público en las grandes empresas, se producen muchos recortes en servicios públicos. El caso de la corrupción es un poco menos evidente: como digo, corrupción y a gran escala ha habido desde hace mucho, pero sólo resulta molesta al ciudadano de a pie cuando empieza a sentirse perjudicado; y aunque la causa directa de su malestar sea la crisis económica y no tanto la corrupción, la precariedad hace más difícil de soportar esta última. El tema de la corrupción es siempre muy delicado de tratar y levanta fácilmente pasiones: hace unos años escribí un post analizando la cuestión de la corrupción, intentando explicar que, si bien la corrupción es inmoral y sin duda es un problema, no es EL problema. Ese post fue entonces muy mal recibido, y para que se entendiera mejor 

el trasfondo de la cuestión escribí un pequeño cuento (que tuvo mucho mejor recepción).

Como vemos, por tanto, la razón última de los problemas actuales es la crisis económica: sin crisis, el sistema se hubiera podido perpetuar sin demasiados sobresaltos durante décadas. Desde los diferentes partidos políticos se percibe claramente que la crisis es el problema nuclear; sin embargo, ningún partido está proponiendo realmente medidas que vayan a la raíz del problema, con lo que todos ellos están condenados al fracaso. En cierto modo es natural: en (casi) todos los partidos, el pensamiento económico corre a cargo de economistas convencionales, y todos ellos pertenecen a la Iglesia del Perpetuo Crecimiento. Para ellos, no es posible que exista algún límite físico al crecimiento económico, lo cual equivale a pensar que la economía no pertenece al mundo físico pues puede superar los límites de la Termodinámica y de la Geología. La cuestión de los límites es tan infactible en el pensamiento económico convencional que es un "no-tema", es decir, es que la cuestión no llega jamás a ser pensada; y si alguien la evoca es inmediatamente descartada como un error propio de un infante, con la misma sonrisa condescendiente y desdeñosa con la que responderíamos a un niño que nos exprese su preocupación por si se apaga el Sol. Por tanto, los partidos políticos ponen el énfasis en la política fiscal y además con una orientación completamente convencional. Pero la política fiscal sólo permite redistribuir los recursos, cosa sin duda importante y en algunos casos de justicia, pero no permite aumentar esos recursos, y mucho menos puede compensar su caída. Ciertamente, un mejor uso de los recursos disponible puede sacarles el máximo provecho posible y ralentizar algo la caída, pero sólo con eso no basta, y menos cuando la fase de estancamiento previo al peak oil podría estar tocando a su fin, paso previo a un declive productivo mucho más rápido debido a la mala gestión (completamente procíclica) de la producción de petróleo. 


Por desgracia, dentro de los nuevos partidos la tendencia es también a centrarse en las políticas fiscales y económicas convencionales. Esto pasa incluso en aquéllos en los que las voces del decrecimiento y de los límites al crecimiento se dejan oír, y la razón es que cuesta mucho hacer la pedagogía adecuada en la población para proponer ideas completamente nuevas tras décadas de adoctrinamiento en el BAU. En los círculos decrecentistas y peakoilers es bien conocida la anécdota de una conversación con un dirigente de cierto partido, persona inteligente y bien informada y muy consciente del problema del peak oil, en la que éste dijo que no se podía hablar de peak oil y de decrecimiento a la población general porque eso "no vende" electoralmente.


La cuestión del peak oil sólo es abordada en España con sentido y llamándola por su nombre por un puñado de partidos, todos ellos a la izquierda e incluso a la izquierda radical: es el caso de la CUP en Cataluña, de Bildu en Euskadi o de En Marea en Galicia. Y sin embargo lo acuciante del problema (la producción de petróleo en los EE.UU. está comenzando a caer a un ritmo apreciable, y los problemas en Oriente Medio hacen presagiar que, efectivamente, el año 2015 fue el del peak oil - aunque aún tendremos que esperar unos años para confirmarlo) hace que sea estrictamente no ya necesario sino urgente reaccionar delante de este problema, y el primer requisito para reaccionar es reconocer que existe este problema. Ha habido en el pasado pequeños destellos en las instituciones, destellos que quizá ahora son un poco más frecuentes (Marta Rovira, secretaria general de ERC, mencionando el peak oil en el debate de investidura del -fallido- candidato a president Mas, la intervención de Alexandra Fernández de En Marea en la Comisión de Fomento del Congreso de los Diputados citando, entre otros argumentos para oponerse a la construcción de una autovía, el peak oil; las próximas - si son aceptadas - comparecencias del miembros del OCO delante de la Ponencia sobre cambio climático en el Parlament de Catalunya), pero es demasiado poco demasiado lento. Contrasta esta falta de perspectiva de la clase política española sobre la transversalidad de la cuestión con, por ejemplo, la más pragmática actitud británica, cuyo parlamento creó hace poco una comisión parlamentaria sobre los límites al crecimiento.


La incapacidad de traer al centro de la discusión política española el problema de los límites del crecimiento como tema transversal, que todos los partidos deberían abordar de acuerdo con su visión social, hace que el discurso político en su conjunto sea simplemente inútil, una pérdida de tiempo y una fuente de frustración social. Sin un abordaje radical del problema, la política será siempre inútil. Si la clase política española sigue sin entender esto, si sigue apostando por el "esperar y ver", confiando en que los problemas económicos y sociales se arreglarán solos debido al cambio de ciclo económico que ya no es posible en un planeta en decrecimiento forzado, existe el riesgo de que acabe emergiendo un oportunista capaz de capitalizar el resentimiento de los desposeídos y se acabe haciendo política de otro modo y por otros medios.

Salu2,
AMT