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viernes, 10 de agosto de 2018

Carta al Presidente del Gobierno: La respuesta


Queridos lectores:

Hace unos pocos días recibí contestación a mi última carta a un Presidente del Gobierno de España. Se tiene que decir que es la primera vez que recibo una respuesta que merezca el nombre de tal (ya lo dicen, a la tercera va la vencida). Además, han tardado poco tiempo en contestar (no llega a dos meses), y ambas cosas son muy de agradecer.

Y sin embargo la respuesta es bastante decepcionante. En mi carta yo discutía una serie de cuestiones sobre la energía, y en la respuesta se discuten otras, también sobre energía. Parece que se habla de lo mismo, pero en realidad se dicen cosas muy distintas. En parte es culpa mía, porque en mi carta no planteaba ninguna pregunta concreta, solo hacía una exposición de conceptos; conceptos que resuenan con el Discurso del Sistema (como dice Beamspot) - y por tanto la respuesta ha sido la previsible, una respuesta que nace desde ese Discurso del Sistema. En suma, ha sido una pérdida de tiempo... o quizá no tanto. Porque en esta ocasión el Departamento de Comunicación con los Ciudadanos (único identificativo que dan sobre quién ha redactado la respuesta) ha considerado conveniente darme una respuesta larga y detallada (aunque accesoria a los temas que yo trataba). Esto es algo positivo, porque tiempo ha mis escritos recibían poco más que un acuse de recibo, "hemos leído con sumo interés sus reflexiones"; en esta ocasión, han considerado que debía de explicarse con más detalle. A ver si la próxima vez hablamos de las mismas cosas...

He considerado la posibilidad de replicarles, pero me ha parecido que no tiene demasiado sentido. Su posición queda muy claramente establecida y delimitada en su respuesta, y estoy seguro que de ahí no se van a mover por más que yo les diga. Así que, para intentar sacar el máximo provecho a este intercambio, he decidido publicar un análisis crítico de su respuesta en este blog, con la esperanza de que eso sí que sea de provecho para Vds., mis queridos lectores. Vamos a ello.

En lo que sigue, iré copiando los párrafos originales de la carta, con otro tipo de letra, color y en cursiva, e introduciendo después de cada párrafo mis comentarios.



Estimado Sr. Turiel Martínez:



Agradecemos la confianza al enviar su escrito al Presidente del Gobierno, en el que traslada sus comentarios y propuestas en materia medioambiental y energética, que hemos leído con interés.

Empezamos mal: lo de "leerme con interés" ya me lo han dicho muchas veces. En cuanto a propuestas, realmente no había tales en mi carta, más allá de no entrar en guerra con Argelia. 



Aprovechamos estas líneas para indicarle que la voluntad de este Gobierno es desarrollar una política en materia de energía y medio ambiente que permita la transición a un modelo productivo y social más ecológico, siendo ésta la función principal atribuida al nuevo Ministerio para la Transición Ecológica.

Bueno, eso es prometedor.



Como usted apunta, la creación de este Ministerio y sus líneas de trabajo expresan la convicción del Gobierno sobre la necesidad de contribuir de forma decidida a impulsar un modelo de desarrollo sostenible que tenga como objetivo fundamental la lucha contra el cambio climático, el uso racional y solidario de nuestros recursos, la apuesta por una transición energética tan indispensable como urgente así como la generación de empleo.



Dejando al margen que alguna expresión que resuena demasiado a BAU ("generación de empleo"), todo lo que dice suena muy bien, y además con aspectos muy positivos (se habla de "uso solidario", se dice que la transición no solo es indispensable sino urgente, se ve la preocupación social...). De momento vamos muy bien.


En este sentido, el Gobierno comparte el criterio en cuanto a la fijación de unos objetivos claros y ambiciosos, para cuya consecución se han definido unos ejes prioritarios de actuación.

Esto comienza a resonar con cosas que hemos oído y leído innumerables veces y que ya no me gustan tanto; tiene un cierto tufo a exceso de normativismo y falta de concreción. Pero démosles una oportunidad de explicarse.



Nos es grato comunicarle que, en estos momentos el primer eje de actuación, es dotar a España de unos marcos estratégicos adecuados, siendo la prioridad del nuevo departamento, presentar cuanto antes, un proyecto de Ley de Cambio Climático y Transición Energética, que además deberá ir acompañada de un Plan Nacional Integrado de Energía y Clima.


Aquí ya se empieza a intuir la tragedia. Por lo que se ha comentado en prensa, el nuevo Gobierno ha renunciado a plantear su propia Ley del Cambio Climático y Transición Energética y lo que ha hecho es rescatar la que ya estaba elaborando el Gobierno anterior, a la cual añadirá varias páginas de enmiendas (veremos en qué quedan). Peor aún, dado que el Gobierno anterior ya había hecho el proceso de consulta ciudadana sobre esta ley (de manera un tanto infausta y con cierta agostidad) el nuevo Gobierno no parece sentir la necesidad de volver a hacer esa consulta mal llamada ciudadana, con lo que veo difícil que la ley llegue a plasmar fidedignamente las preocupaciones del ciudadano de a pie. 


La propuesta es clara: reducir las emisiones en 2030 un 20 por ciento para conseguir la práctica descarbonización en el horizonte 2050, cumpliendo con el compromiso adquirido al ratificar el Acuerdo de París y que asumimos como Estado miembro de la Unión Europea.



Suena bien. ¿Tienen algún plan para hacer eso? Quiero decir, un plan con una base técnica, no normativa. Porque el principal problema para conseguir ese objetivo tan deseable es sobre todo técnico, no normativo. ¿Qué tecnologías vamos a usar para conseguir esa maravilla? ¿Son conscientes de las limitaciones de las fuentes de energía renovable? ¿Son conscientes de que la transición debe ser cuidadosamente planificada y que lo más fácil es seguir caminos erróneos que no llevan a ella? ¿Se dan cuenta que el modelo energético que se está proponiendo/imponiendo no va en la dirección de favorecer al conjunto de la ciudadanía, sino todo lo contrario? Como veremos más abajo, todas las cuestiones técnicas son soslayadas, como si fuera fácil abordarlas desde el plano meramente normativo y, lo más importante, sin modificar esencialmente el modelo económico productivo.


El Plan Integral de Energía y Clima (2021-2030) debe sentar las bases de la transformación de nuestra economía para las próximas décadas, emitiendo señales claras que doten de certidumbre a actores sociales, públicos y privados, que proporcione un marcado impulso a las medidas de eficiencia energética, una alta penetración de las renovables y un progresivo cierre, no traumático, de las instalaciones contaminantes.



Párrafo lleno de buenas intenciones y enormemente parecido a cosas que he leído los últimos 20 años, y que nunca han llegado a nada concreto y tangible. Significativa su preocupación por enviar "señales que doten de certidumbre" a los diversos actores, particularmente los privados; junto con lo del cierre "no traumático" deja bastante claro que no hay la más mínima intención de cuestionar el sistema económico vigente, única cosa que sería interesante abordar desde el punto de vista normativo. El recurso sempiterno a la "eficiencia energética" muestra que están pensando en el imposible de la desmaterialización de la economía (básicamente, el absurdo lógico que cree que podemos encontrar un modo para seguir produciendo más y más pero consumiendo cada vez menos recursos, cosa que de hecho contradice de manera obvia los postulados económicos).

El segundo eje es el del empleo verde y la transición justa, lo que implica la necesidad de prestar una atención particular al proceso de cambio. Es nuestra obligación garantizar la cohesión social y territorial en el contexto de la seguridad energética, promoviendo las medidas concretas que permitan esa transición justa y solidaria de la economía española. 

Este párrafo es muy meritorio y es importante destacarlo. Al margen de sus dosis de (suicida) tecnooptismo, refleja que desde el Gobierno comprenden que la materia que estamos tratando puede crear un problema de justicia social y como mínimo quieren abordarlo. En ese sentido, yo les animaría a fijarse más en las cuestiones técnicas y menos en las normativas, aparte de exhortarles a que se den cuenta de que hace falta un cambio mucho más profundo del sistema productivo, económico y financiero.



Por ello la Ley de Cambio Climático debe acompañarse de una estrategia para la transición justa con la que respaldar solidariamente a los trabajadores de sectores particularmente afectados por cambios hacia una economía baja en carbono o que sufran de manera especial o particular los impactos del cambio climático.



Nada que objetar por principio, pero sin concreción esas frases son un tanto vacías. ¿Qué, concretamente, pretenden hacer para evitar esos males a esos trabajadores? No se trata de bajar a un nivel asfixiante de detalle, pero sí dejar claro por dónde, concreta y claramente, se quiere ir.

Junto a estos dos grandes ejes, hay una serie de cuestiones urgentes en el conjunto de las áreas de actuación del Gobierno, a algunas de las cuales se ha referido en su escrito. Entre ese paquete de medidas urgentes se considera que es imprescindible recuperar una apuesta decidida por las energías renovables, el ahorro y la eficiencia energética, revisando toda la normativa que ha impedido su despliegue.


Aquí ya queda claro que no saben por dónde van. Habrá algunas cosas que la normativa habrá impedido u obstaculizado, pero hay otras cosas que han hecho que la "apuesta decidida por las energías renovables" y "el ahorro y la eficiencia energética" no hayan conseguido los objetivos que se pretenden, como por ejemplo la caída del rendimiento económico de los sistemas renovables una vez se han explotado los mejores lugares, las restricciones que pone la Termodinámica al incremento de la eficiencia, la inexistencia de ahorro real en un sistema orientado a la producción, la Paradoja de Jevons... Creer que todo es fruto de la normativa restrictiva anterior es no entender el problema y condena cualquier iniciativa al fracaso seguro (y encima no entenderán por qué fracasan).



En lo que se refiere a las subvenciones a los combustibles fósiles mencionadas en su comunicación, le transmitimos nuestra intención de acometer un análisis serio al respecto, con un calendario de eliminación de esas subvenciones, en línea con las recomendaciones del G-20.


El tema de las subvenciones a los combustibles fósiles demuestra la escasísima comprensión del problema energético de las sucesivas instancias gubernativas. Como tantas veces ha explicado Pedro Prieto, en realidad es la energía fósil la que subvenciona el conjunto de las actividades económicas; de no ser por esas fuentes de energía abundantes y de bajo precio todo el actual despliegue de la sociedad industrial simplemente nunca habría sido posible. En un país donde el precio de los carburantes lleva más de un 60% de impuestos y donde numerosos tributos cargan la posesión de vehículos motorizados, hablar de "subvención a los combustibles fósiles" es un tanto paradójico. Bien es cierto que el carbón nacional está subvencionado a pesar de su escaso uso y rentabilidad, pero justamente aquí es donde es más difícil que se hagan cambios reales (y aparte de las razones de "estabilidad social" en la zona afectada, por el hecho de que el carbón es un recurso estratégico para España, sobre todo si en no tanto tiempo las cosas vienen mal dadas). Resulta además bastante cínico hablar de las subvenciones a los combustibles fósiles cuando las recomendaciones del G20, como las de la Agencia Internacional de la Energía, apuntan mayoritariamente contra los países productores, que ciertamente subvencionan el consumo de sus propios nacionales y ésta es generalmente la única manera de redistribuir las rentas de la producción de combustibles fósiles. Al apostar por un objetivo aparentemente loable (quitar las subvenciones a los combustibles fósiles) en realidad se apuesta porque los pobres paguen por la gasolina lo mismo que nosotros, y como no podrán así habrá más para nosotros. Como digo, un ejercicio de cinismo que nuestro Gobierno, si entiende la situación, debería rechazar. 



Este Gobierno está comprometido con las energías verdes asumiendo los compromisos europeos relativos a las centrales térmicas, sin olvidar que somos conscientes de la casuística que rodea a la reestructuración y modernización de la industria del carbón, así como de las consecuencias sociales y regionales que éstas llevan aparejadas.  En todo caso, deberá esperarse a los escenarios del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima para una mayor precisión con respecto a fechas máximas de cierre.

El tema del impacto ambiental de las centrales térmicas es sin duda importante, aunque poco tiene que ver con las cuestiones que yo planteaba. El Gobierno se está planteando un plan de cierre escalonado en el tiempo de estas centrales para evitar el malestar social que generará en las zonas donde representan fuente de trabajo sin tener en cuenta que quizá el problema acabará siendo, dentro de una década o dos, uno muy diferente, la imposibilidad de que funcionen por falta de material para quemar. Sin introducir esta variable (el agotamiento de los combustibles fósiles) en la ecuación, el plan de actuación puede ser muy poco realista y bastante inútil.  



A todo lo anterior se suman algunos otros aspectos que consideramos fundamentales para modernizar la industria de nuestro país: el tratamiento dado a la cogeneración, la regulación del autoconsumo para poder eliminar las barreras administrativas y económicas que impiden su desarrollo, y el impulso a la eficiencia energética.


Por las razones que explicaba Beamspot en su post "La bomba fotovoltaica de riqueza", el modelo de autoconsumo y generación distribuida por el que parece que se está apostando podría ser bastante insolidario y desventajoso para el conjunto de la ciudadanía, con lo que el Gobierno haría bien en ser cauto sobre este tema y analizarlo con profundidad, en particular en los aspectos que refería Beamspot y que no se suelen tratar en la discusión del autoconsumo. Otrosí, hay que entender que no solo son las barreras administrativas y económicas las que han dificultado su desarrollo; también hay barreras físicas y termodinámicas, algunas infranqueables, con lo que es importante no pecar de exceso de soberbia reglamentista (no porque lo regulemos cambiaremos las leyes de la física) - y lo mismo reza para la eficiencia energética.



Finalmente, queremos reiterarle nuestro compromiso con la necesaria transición ecológica de nuestra economía y confirmarle que desde el Gobierno se está trabajando intensamente para poder ir adoptando algunas medidas concretas, precisas, que faciliten ese cambio sustantivo.

Estoy expectante, aunque lo cierto es que veo tics y orientaciones similares a otras que he visto en el pasado y que tan infructosos han sido hasta la fecha.



Estamos seguros de que este esfuerzo conjunto permitirá que España se sitúe en el camino de la neutralidad de carbono a mitad de centuria junto a la modernización de sus estructuras económicas y sociales, adecuadas a lo que se espera de un país occidental en el siglo XXI.

Sinceramente, no sé lo que se espera de un país occidental en el siglo XXI, pero me temo que mis expectativas son muy diferentes de las de la mayoría. Cabe añadir que si no cesamos en las emisiones de CO2 bastante antes de 2050 (de hecho, deberíamos suprimirlas por completo ya, y todo el mundo) el cambio climático será catastrófico, con lo que entiendo que asumen que sus actuaciones van a ser poco eficaces para el fin que se dice pretender.



Agradeciéndole sus aportaciones, nos mantenemos a su entera disposición para cualquier asunto que desee plantear y le hacemos llegar un cordial saludo,



Departamento de Comunicación con los Ciudadanos

Gabinete de la Presidencia del Gobierno

Edificio Semillas - Complejo de La Moncloa
Avda. Puerta de Hierro s/n - 28071 Madrid




En resumidas cuentas: da la impresión de que el Gobierno sí que interioriza la importancia de emprender cambios de calado en materia energética, al menos por la parte que tiene que ver con el cambio climático. Sin embargo, los plazos que se plantea y los objetivos que se fija están lejos de ser los adecuados para hacer frente correctamente a ese problema. Si a eso le añadimos que a efectos prácticos omiten el riesgo que supone el peak oil y la llegada de los otros cenits productivos anejos (inclusive el del cobre, tan necesario para la solución renovable) se puede decir que el planteamiento del problema energético por el Gobierno español es, a día de hoy, muy insuficiente. Aún están a tiempo de rectificar y ser más ambiciosos, aunque dada su debilidad parlamentaria y que la mayoría de los demás partidos entienden el problema energético aún peor se hace difícil albergar muchas esperanzas de que por una vez se haga lo correcto.

Salu2.
AMT

miércoles, 20 de junio de 2018

Si yo fuera presidente



Queridos lectores:

Mi último post ha llevado a algunos lectores a plantearse lo deseable que sería que yo tuviera, de algún modo, acceso las instancias del poder español para poder influir en la política energética o incluso económica e industrial de nuestro país, ya fuera como asesor, alto cargo o incluso como ministro. Yendo aún más allá, un lector me ha propuesto que haga el ejercicio de compilar qué medidas propondría en el caso de encabezar yo mismo la planificación ejecutiva, simplificando esta proposición en "si fuera presidente".

Esto no había pasado nunca antes. Entendámonos: sí que ha habido gente que ha especulado con lo beneficioso que sería que yo o alguien con un perfil como el mío fuera asesor ministerial o incluso que ostentase un cargo de relevancia, y también se me ha pedido en algún momento que propusiera un plan de futuro (cosa que en realidad ya hice, al menos en líneas generales). Lo que no me habían planteado nunca es que diseñase lo que en esencia es un plan de gobierno transicionista. Lo interesante de este ejercicio no sería tanto la parte idealista (los objetivos deseables que se quieren perseguir en el largo plazo) sino la parte pragmática (qué medidas se podrían y se deberían implementar, teniendo en cuenta de dónde venimos y cómo funcionan las cosas ahora mismo). La cuestión no es menor, porque es muy fácil hacerse los exquisitos y decir "esto es lo que hace falta" (por otra parte, lo obvio: cerrar ciclos en el uso de materiales, no consumir energía fósil, favorecer la reparación ambiental, garantizar una vida digna a todo el mundo, preservar la democracia), pero es tremendamente difícil proponer un plan realmente ejecutable que parta de donde realmente estamos y nos lleve a esa soñada y quizá utópica Ítaca (o que al menos se muestre una vía realista por dónde avanzar de veras hacia ella). En el post "Una propuesta de futuro" sintetizaba algunas características lógicamente necesarias es una sociedad estable que se hubiese adaptado a los límites biofísicos; pero en modo alguno proponía cómo se debía llegar a ese estado, mediante qué medidas podríamos conseguir tal objetivo. Por no discutir, ni siquiera comentaba si ese objetivo era alcanzable, o si se podría llegar a él de manera no traumática.

Una propuesta verdaderamente programática tiene el inconveniente obvio de que puede ser fácilmente atacada por sus más que probables deficiencias técnicas. Yo tengo mis propias limitaciones, y al entrar en ciertos detalles, y más particularmente en los múltiples que escapan a mi conocimiento y entendimiento, cometeré errores, algunos de muy grueso calibre, por los cuales podría ser de manera fundada y objetiva atacado con dureza. Por tanto, el ejercicio de un verdadero diseño programático no debería ser jamás abordado por una sola persona, sino por un colectivo más o menos amplio y diverso, con múltiples conocimientos y especializaciones pero que comparta una visión y un objetivo. Es por eso que siempre he sido reacio a diseñar un programa de gobierno, porque aparte del toque de arrogancia que supone implica también una cierta enajenación onanista, la de creerse capaz de tocar todos los instrumentos de una orquesta para interpretar una sinfonía uno solo. Teniendo todo esto en cuenta, les ruego que tomen las propuestas que presentaré más abajo no como un verdadero programa a implementar ya, sino como un punto inicial de discusión, un punto de partida para comenzar a hablar, un mero borrador que necesita forzosamente ser corregido y extendido para que realmente pudiera llegar a ser algo parecido a un programa de gobierno.

Pero, antes de detallarles ese esbozo de programa de transición energética y ecológica fruto de mi ocurrencia (y que, como he dicho, será demasiado banal, pero espero que al menos sirva para empezar una discusión), déjenme que les explique primero por qué no puedo ser, en ningún caso, presidente, ni ministro, ni nada.
  • Porque rechazo los Estados: A lo largo de estos años de discusión sobre los problemas del sostenibilidad de nuestra sociedad me he labrado una imagen de pensador incómodo, por decir lo menos. Lo que realmente me inhabilita para ejercer cualquier cargo de responsabilidad política es que mi perfil es excesivamente radical para ser aceptable. No hablo aquí de mis presuntas simpatías con el independentismo catalán (de las que alguno me ha acusado por razón de mis posts a lo largo de estos años y particularmente los cuatro o cinco que publiqué el año pasado - y eso a pesar de haber repetido prácticamente cada vez que yo no deseo la independencia de Cataluña). No. Lo que verdaderamente me hace incompatible con cualquier cargo en la administración del Estado son, precisamente, mis críticas al Estado mismo. Como he explicado, el Estado supone una concentración del poder administrativo que favorece y entra en colusión con el capitalismo (semejante cuestión, por cierto, pasa también con el comunismo). Ello lleva a una gran interferencia del poder económico en la toma de decisiones y hace muy difícil adoptar resoluciones que realmente vayan a la raíz de los problemas (esto es, que sean radicales, justamente). Y es que la concentración de un poder tan grande en un grupo humano tan reducido aboca, inevitablemente, al distanciamiento del pueblo. Si tuvieron ocasión de verlo y se fijaron bien, durante la reciente moción de censura que llevó a Pedro Sánchez a la presidencia del gobierno español, justo en el momento en el que éste ganó la votación se puso en marcha todo un complejo mecanismo de protección y, sobre todo, de protocolo que automáticamente lo catapultó a una distancia prácticamente sideral. Los gobernantes, por razón de cómo funciona el Estado, en el mismo momento de ser investidos son encapsulados en una invisible pero extraordinariamente tenaz vaina que impide que vuelvan a percibir con claridad qué es lo que pasa en el exterior. Tal cosa no es accidental, sino consustancial a cómo funciona el Estado. El Estado es un macroorganismo y como tal una de sus funciones primordiales es su autopreservación. Acceder a los mandos del Estado implica ascender al monte Olimpo y por fuerza de ello mismo dejar de ver a los hombres y mujeres que penan y se retuercen allá abajo. Por más pragmático que yo quisiera ser, no podría nunca aceptar trabajar en la administración del Estado; desde luego no a ese nivel.  
  • Porque rechazo el sistema de partidos de las democracias liberales: Si el Estado es un macroorganismo que busca autoperpetuarse, una cosa semejante pasa con los partidos políticos. Hay personas cuya carrera profesional se ha desarrollado íntegramente dentro de un determinado partido político. Llegado el momento, esas personas acceden a cargos públicos significativos, y cuando la alternancia de poder les deja fuera de ellos su principal obsesión es tener un trabajo, tener de qué comer. Esto fuerza dinámicas a veces muy viciosas en los partidos, de manera que cuando alguien es desalojado de una administración se va a un cargo más o menos espurio de otra administración que aún controla su partido, y se queda ahí a la espera de tiempos mejores. De ahí la necesidad del propio sistema de partidos de multiplicar sin sentido ni necesidad el número de administraciones, de modo que cada partido siempre controle una porción adecuada de las mismas y así se pueda mantener la élite administrativa de cada partido que sirve para asumir rápidamente el poder cuando corresponde. Eso mismo hace que haya una especial tolerancia mutua entre los partidos cuando se discuten determinados temas, ya que en esto todos comparten intereses, y al final a nadie le interesa agitar demasiado el avispero, no sea que todos salgan malparados. Por todo ello, las estructuras de partido son siempre, independientemente de su signo político nominal, muy conservadoras y tienden a mantener lo esencial del statu quo. Por eso mismo, abordar una serie de reformas muy radicales, necesarias para hacer el cambio necesario, es algo completamente imposible dada la dinámica de los partidos políticos. Es por eso que los discursos transicionistas de los partidos, incluso los nominalmente más progresistas, tienen un exceso de tecnicismo jurídico y una falta prácticamente absoluta de medidas pragmáticas, la cual camuflan con absurdas odas al tecnooptimismo. Y por tanto, yo no me avendría a trabajar con un partido político, sabiendo como sé que forzosamente, más pronto que tarde, acabaría en una confrontación total con él por culpa de sus inconfesables aunque comprensibles intereses.
  • Porque el coste social a pagar es inasumible políticamente: Incluso si un partido político, de manera monolítica, asumiese la titánica tarea de emprender una transición ecológica en serio; incluso si fueran capaces de superar la presión de los lobbies económicos (ejercidos bien directamente sobre ellos, bien sobre los resortes no siempre controlables del Estado) y pusieran al Estado a su servicio en vez de estar ellos al servicio del Estado; e incluso si todos los cargos del partido asumieran la importancia de la meta a conseguir aunque ello les acabe suponiendo estar en el paro, al final habría una última barrera que en la actualidad veo prácticamente infranqueable: el rechazo social a las medidas que serían necesarias. Particularmente porque el resto de partidos, con sus estructuras convencionales que engarzan perfectamente con las estructuras convencionales del Estado, se dedicarían día y noche a hacer propaganda en contra de cualquier medida de calado que se quisiera tomar, y contando como contarían con el apoyo de los grandes medios de comunicación (que están controlados por los poderes económicos que están en colusión con la estructura orgánica del Estado) tendrían mucha más fuerza y predicamento sobre la población que ese Gobierno tan convencido con la transición ecológica. Y lo más probable es que la gente aceptase mucho mejor el discurso de la oposición que el del Gobierno, porque frente la promesa de sacrificios y dificultades ahora para tener un futuro incierto después, aunque con posibilidades de mantener algo digno, la gente preferiría sin duda el mensaje de que todo va a ir bien con el Gobierno de la oposición, que se recuperará la prosperidad perdida, "España primero" y "hagamos España grande de nuevo". La barrera de potencial social a superar es enorme y haría falta una energía inaudita para emprender esa transición. Simplemente, hasta que la sociedad española no sufra con fuerza los embates de varias recesiones fuertes seguidas es harto improbable que sea mínimamente receptiva a un discurso de verdadera transición. Por todo ello, es completamente imposible que yo intentase implementar un programa que mi propio gobierno y la oposición sabrían que es completamente suicida y por tanto ineficaz, y que de hecho acabaría haciendo más mal que bien, ya que las ideas transicionistas quedarían estigmatizadas como "causantes de miseria" (no olvidemos que hace no tanto un conseller catalán rebautizaba la expresión "reparto de la riqueza", tan cara a los movimientos más de izquierda actuales, como "reparto de la miseria", en un eficaz ejercicio de antipropaganda).
  • Porque me gusta mi trabajo actual: Personalmente, no me veo muy capaz para la tarea de ser presidente del gobierno, pero lo que hago lo hago potablemente bien y me gusta, qué demonios. Me gusta mi investigación y son un friki de las ecuaciones: cada uno tiene sus defectos.

En fin, después de todas estas consideraciones formuladas en negativo, déjenme que por fin formule algo en positivo: mi programa de gobierno para un proyecto real de transición ecológica.
  • Información: Para poder planificar cualquier escenario de transición es fundamental contar con información completa y de calidad. A pesar de todo el trabajo que yo he hecho hasta ahora, mi acceso a la información real es muy limitado. Con los datos que tengo se pueden ver las grandes tendencias, pero faltan muchos detalles relevantes. Detalles que, es de esperar, sí que están accesibles a instancias gubernamentales. No se trata tanto de determinar fechas exactas como de saber cuál es la disponibilidad real de recursos y los problemas que se pueden plantear en su abastecimiento. 
  • Equipo: En general, los equipos ministeriales se suelen caracterizar por contener un exceso de juristas y economistas y una falta de científicos. Hay múltiples razones para este desbalance: la falta de interés de los científicos por el trabajo administrativo mientras que ésa es justamente una de las salidas principales de los primeros; la enorme burocratización de los Estados, dada su complejidad, que favorece justamente más a juristas y economistas, etc. Pero dada la complejidad y alcance de los problemas a tratar, y el hecho de que la ciencia económica actual tiene más dogma que de ciencia, se hace fundamental incorporar una mucho mayor cantidad de perfiles científicos, como mínimo para que haya una comprensión de la naturaleza real de los problemas. De todos modos seguiría siendo absolutamente necesario contar con juristas y economistas en los equipos, para poder implementar adecuadamente las medidas y para dotarlas correctamente, pero la intervención de estos expertos debería ser mayoritariamente en el nivel técnico, y no necesariamente en el decisorio. 
  • El dilema eléctrico: Asumiendo que ya se tienen todos los datos y tras meses de trabajo se deberían empezar a implementar el plan de transición. Una de las cosas que me resulta más llamativa cuando asisto a reuniones y congresos sobre la transición energética es que se pone mucho énfasis en incrementar la producción energética renovable en forma de electricidad mientras hay una comparativamente mucha menor discusión en el incremento del uso de la electricidad, cuando es justamente la dificultad de electrificar todos los usos industriales de la energía el principal escollo ahora mismo. Con 108 Gw de potencia instalada, en España hay capacidad eléctrica de sobras para incrementar el consumo de electricidad, si tan solo hubiera un mayor uso. Pero no lo hay, y eso no es casual: de manera parecida a lo que pasa con otros países occidentales, la electricidad representa en España, dependiendo del año, entre el 21 y el 23% de toda la energía final consumida, y lo que realmente es difícil es electrificar ese casi 80% de usos energéticos no eléctricos. Una parte significativa de ese consumo no eléctrico es el petróleo en el transporte, pero ése no es el final de la historia, ni mucho menos. Es hora ya de dejar de centrarse en el coche eléctrico, pues es una pista falsa y un sumidero de recursos, sin utilidad alguna. Por el contrario, hay que poner el mayor esfuerzo en ver cómo se electrifica toda la industria, teniendo en cuenta además que muchos materiales vienen de fuera. Y en los casos en los que la electrificación no sea posible o rentable, se tienen que explorar con seriedad los usos no eléctricos de las renovables. Se podría llegar incluso, llegado el caso, a sacrificar determinadas actividades en pro de una mayor resiliencia.
  • Plan de ajuste duro y real en el uso de recursos no renovables: A pesar de que a menudo se llenan la boca con grandilocuentes afirmaciones, lo cierto es que el actual diseño de las políticas industriales no contempla un plan proactivo de sustitución de los combustibles fósiles o de otros materiales cuya disponibilidad se va a ver comprometida en los próximos años. Todo la planificación, desde la I+D hasta la implementación y mantenimiento, se hace sobre la base de que habrá siempre energía y materiales en la cantidad necesaria para abordar las necesidades de cada momento, haciéndolo siempre de la misma manera. Esta actitud tiene muchísimos peligros, en particular, que nos puede llevar a una decadencia imparable de las infraestructuras que ya no podremos mantener. Por tanto, un cambio radical en la política de uso de fuentes de energía no renovables y de materiales es imprescindible, a pesar de que puede ser muy impopular - y por eso mismo debe ser muy bien pensado, en particular por lo que se refiere al ritmo de implementación. El uso de determinados materiales debe ser directamente prohibido, y el de otros severamente limitado, quizá con una cierta progresividad pero en todo caso de pocos años de duración. Se debe hacer un rediseño absoluto de la actividad industrial, obligando a que los productos puedan ser reciclados y/o reutilizados al 100%, y aquello que no cumpla este criterio debe ser directamente prohibido. Todo esto obligará a cambios drásticos en los hábitos y prácticas de producción y de consumo, hasta el punto que determinadas actividades económicas deberían ser no solo abandonadas, sino que la comercialización de esos productos provenientes del extranjero debería ser prohibida - lo cual, por supuesto generaría un montón de problemas. 
  • Relaciones exteriores: La implantación de todas estas medidas originaría muchos problemas para España en el ámbito internacional. En particular, la introducción de medidas para limitar el comercio de ciertas materias y productos de ellos derivados tendría que ser progresiva, haciendo mucha pedagogía en los foros internacionales, pero aún con los gobiernos que dicen apostar más seriamente por la transición ecológica habría muchos problemas y malos entendidos. Ése es uno de los obstáculos más graves de una transición real, y es que es muy difícil implementarla en un país solo. Aparte de los problemas comerciales, las medidas a implementar forzarían la exclusión o, como mínimo, la marginación de España en los mercados financieros internacionales, con lo que el plan de transición debería incluir una previsión sobre cómo hacer frente a todos los cambios necesarios sin tener que recurrir a financiación ajena (con el agravante que algunos de los cambios implicarían una disminución de la actividad económica y por tanto de la recaudación). En algún momento se tendría que plantear qué hacer con la deuda, y en particular qué parte se va a pagar y qué parte no se pagará, lo cual llevará aún más tropiezos. Otro tema sensible, como se evidencia en las discusiones de estos días pero que lleva años prolongándose, es el de la acogida o rechazo de la masa humana que intenta escapar de la miseria y la muerte en el sur, principalmente en África. Darse cuenta de que son precisamente las relaciones de dominio establecidas desde Occidente las que favorecen la pobreza y la guerra en esas zonas (cuando no la acción militar directa, como en Malí, Libia o Siria) requerirá grandes dosis de paciencia y pedagogía; en particular, hacer entender que la clave está en no destruir aquellos países para no verse en el brete de tener que acoger a todos los que hemos desplazados. Y todo esto, dado que España pertenece a la Unión Europea, será muchísimo más difícil porque lo que se pretende contradice políticas comunes fijadas desde Bruselas. Precisamente lo primero que daría enormes dolores de cabeza en nuestra relación con la UE sería las medidas que afectan a la deuda y a los objetivos de déficit. Los más radicales apostarían, por supuesto, por abandonar la UE; aunque se podría también intentar reformarla desde dentro. Sea como sea sería en este capítulo donde más esfuerzo se tendría que hacer, sin que yo vea claro el cómo ni a qué ritmo.
  • Políticas sociales e inversión en obra pública: Dos aspectos muy ligados desde hace tiempo pero que lo están aún más en una situación de disminución de ingresos. Las mayores empresas españolas dependen de que se ejecute un gran volumen de obra pública, y no van a aceptar de grado que se releguen o abandonen grandes inversiones en infraestructuras, a pesar de que estas infraestructuras son ya obsoletas o serán directamente inútiles de aquí unos años (pensemos, por ejemplo, en las nuevas vías de circunvalación de las grandes ciudades o los proyectos de ampliación de puertos, aeropuertos y autopistas). Lo cierto es que con menores ingresos será necesario ser más selectivo con respecto a en qué invertir, y aunque las políticas sociales sean más importantes desde el punto de vista de la cohesión social, las grandes empresas constructoras dan trabajo directa e indirectamente a mucha gente y tienen por ello una gran capacidad de presión. Ser capaz de proponer un plan de reconversión realista y acordado, haciendo comprender la necesidad del mismo antes que permitir un descenso desordenado, será uno de los pilares de este período. Mantener al tiempo un nivel alto de prestaciones sociales para evitar que crezca por el otro lado el descontento social será el otro pilar. Conseguir ambos será conseguir la cuadratura del círculo.

Aunque quedan muchos otros aspectos por tratar, estos son, a mi juicio, los temas más prioritarios a abordar en el primer período de 5 a 10 años. Como ven, las dificultades que plantean el contexto doméstico e internacional del cual partimos son enormes, y máxime en el contexto del mantenimiento de una superestructura estatal. Quizá justamente las transformaciones que se tienen que hacer no sean posibles desde un Estado como el actual, o quizá hace falta un cambio revolucionario, principalmente a nivel de la concienciación ciudadana. Sea como sea, los próximos años nos irán proporcionando más información sobre la factibilidad de lo que propongo y sobre si es realista plantearse estas cosas. En todo caso, ésa no será labor mía. Lo que no querría es que algunas personas, en su absurdo empeño de atacar cualquier cosa que suene a un cambio que no les gusta (por más inevitable que sea) tomen trozos de este post fuera de contexto en su afán por atacar sin sentido, en vez de hacer lo que verdaderamente se debería hacer, que es entrar en el fondo de la cuestión y discutir cómo hacer de veras la transición ecológica.

Salu2.
AMT

miércoles, 13 de junio de 2018

Carta al Presidente del Gobierno



Excelentísimo Sr. Presidente del Gobierno de España:
 
Le ruego que me disculpe por robarle unos minutos de su tiempo, que sé que es escaso y valioso.

Mi nombre es Antonio Turiel, y soy Científico Titular de OPI con destino en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC, en Barcelona. Soy físico y matemático de formación, y doctor en Física Teórica, con 20 años de experiencia postdoctoral. Mi investigación se centra en la oceanografía por satélite y también en el estudio de los recursos naturales, particularmente los energéticos. Desarrollo también una intensa tarea de divulgación sobre los problemas de sostenibilidad de nuestra sociedad, y particularmente sobre los retos que supone el inevitable decrecimiento energético al que estamos ya abocados.

Hace 13 años que la producción de petróleo crudo convencional llegó a su máximo histórico (hecho que reconoce hasta la propia Agencia Internacional de la Energía), y después de unos años de estancamiento la producción comenzó un suave declive que empieza ahora a acelerarse. Estamos hablando de casi el 80% de todo el petróleo (propiamente, hidrocarburos líquidos) que se consume en el mundo. El petróleo es una materia energética indispensable y fundamental para el funcionamiento de la economía global: representa un tercio de la energía total consumida en el mundo, y en el caso de España es más de la mitad del total de energía.

Desde hace años y particularmente desde 2005 se han introducido fuentes alternativas de hidrocarburos líquidos para intentar paliar el pico del petróleo crudo convencional. Primero fueron los biocombustibles, después los petróleos extrapesados de Venezuela y las arenas bituminosas de Canadá, y desde 2010 tenemos el auge del fracking en los EE.UU. Pero todas esas fuentes tienen una capacidad de producción muy limitada, son parches con fecha de caducidad y que en un lustro o dos no podrán compensar la fuerte caída de la producción de crudo convencional. Además, todas esas fuentes (amén de los problemas ambientales que causan) tienen muy escaso rendimiento, tanto económico como energético, y han causado una fuerte descapitalización y endeudamiento del sector de las petroleras, como alertaba el Departamento de Energía de los EE.UU. ya en junio de 2014. Son, verdaderamente, petróleos subprime. Y al igual que en 2007-2008, se ha inflado una enorme burbuja especulativa alrededor de esos petróleos, burbuja que puede explotar en cualquier momento y sumirnos en una nueva recesión global. 

La huida hacia adelante de los productores, sobre todo en los EE.UU. y apoyados por la desregulación que ha introducido el presidente Trump, ha llevado a una paradójica situación: mientras en la mayoría del globo los productores de petróleo llevan años desinvirtiendo en los proyectos más costosos y arriesgados, centrándose en los que son verdaderamente rentables aunque eso suponga finalmente un descenso de la cantidad de petróleo disponible, en Norteamérica (EE.UU., Canadá y México) la inversión ha seguido aumentando por tal de mantener la ilusión de que podemos mantener los actuales niveles de producción de petróleo, mientras los inversionistas se exponen a cada vez mayor riesgo (con ramificaciones que se extienden hasta Europa, siendo Deutsche Bank, con su gigantesca exposición a derivados financieros dudosos, el monstruo dormido). En la actualidad, Norteamérica, que produce solo el 20% de todo el petróleo mundial, invierte más en explotación, exploración y desarrollo que todo el resto del mundo, que produce el 80% restante. Un desequilibrio de tamaña magnitud no puede durar mucho tiempo, y menos cuando los lugares más productivos del fracking americano ya han sido explotados (pues duran muy pocos años) y casi todas las regiones de fracking estadounidenses están ya en declive. Sí, los EE.UU. consiguieron doblar su producción de petróleo en muy pocos años, pero es algo efímero y cuyas consecuencias se van a pagar muy severamente en forma de una crisis financiera global. Crisis que podría sobrevenir antes de que Vd. acabe la legislatura, y si no sabe reaccionar delante de ella será a Vd. a quien, injustamente, le cargarán las culpas en España.

Siendo honestos, es Vd. el tercer presidente al que me dirijo para explicarle el problema de pico del petróleo. Sus predecesores acusaron recibo de mi carta y la despacharon con promesas de aumento de la inversión renovable, anuncios de las medidas legislativas destinadas al mercado eléctrico y la automoción eléctrica, y votos al ahorro y la eficiencia. Lo cierto y verdad es que todo eso, aunque útil en principio, no sirve para abordar el problema que se plantea; a veces ni siquiera va por la buena dirección. Lo cierto es que, ocho años después de mi primera misiva (al presidente Rodríguez Zapatero) el sector renovable está empantanado en España, la electricidad representa, hoy igual que ayer, poco más del 20% de la energía final consumida en España (frente al 50%, ayer y hoy, del petróleo), el coche eléctrico sigue siendo algo muy minoritario y el ahorro y la eficiencia no han hecho nada por cambiar la situación. Podrá Vd. creer que si en esencia nada ha cambiado en estos ocho años es porque no ha habido una voluntad política suficientemente firme y que Vd. sí que lo conseguirá, allí donde sus predecesores fracasaron, y es posible que tenga razón. Sin embargo, hay razones de peso que explican el fracaso pasado, razones que pueden también pesar en el futuro: las renovables también tienen sus límites, energéticos y económicos; se orientan excesivamente a la producción de electricidad, que es un mercado saturado en España porque es difícil convertir ese casi 80% de uso energético no eléctrico en eléctrico y en particular el coche eléctrico probablemente no es una solución de masas, y ahorro y eficiencia son inútiles en un sistema económico orientado a la producción y el consumo. El problema que se plantea no es nada sencillo, y tienen mucho más de tecno-científico que de jurídico. No sabemos si hay un camino hacia el 100% renovable - esperamos que sí - pero sí que hay muchos caminos imposibles. Intentemos no transitarlos.

El hecho es, Sr. Presidente, que nos abocamos a una crisis profunda y grave, y de las decisiones que tomemos ahora dependerá completamente lo que podamos hacer en el futuro. Ahora es tiempo de reaccionar. Y, sobre todo, Sr. Presidente, huya de las sirenas de la guerra, particularmente cuando la situación en Argelia se complique. En la era del declive energético, no hay nada que ganar en la guerra, salvo el descrédito y la degradación moral.

No quería acabar esta carta sin felicitarle particularmente por la creación del Ministerio  de Ciencia, Innovación y Universidades y del Ministerio de Transición Ecológica, al frente de los cuales ha puesto a personas conocidas por su capacidad y competencia. En mi caso particular estoy de enhorabuena, ya que ambos ministerios tocan de lleno mi actividad y son una gran promesa de futuro, que todos deseamos que se cumpla. 

Confío en Vd., Sr. Presidente. Nuestro futuro está en sus manos.

Atentamente.

Antonio Turiel
Científico Titular del CSIC

lunes, 5 de diciembre de 2016

La hora de la responsabilidad

Queridos lectores,

El último informe anual de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), el World Energy Outlook (WEO) 2016, incluía una detalladísima discusión sobre las perspectivas del mercado del petróleo, como ya comentamos en el post dedicado a este informe. En el WEO 2016 se explica cómo la caída de inversión actualmente observada en las compañías dedicadas a la explotación de hidrocarburos llevará, si no se revierte pronto, a graves problemas de abastecimiento de hidrocarburos líquidos (también conocidos como "todos los líquidos del petróleo") en los próximos años. Ilustraba el WEO 2016 la magnitud de ese problema con una gráfica que merece la pena rescatar.



En este gráfico se muestra cómo la producción de las fuentes de petróleo más o menos aseguradas podría ser insuficiente para cubrir la demanda de petróleo en un momento tan temprano como 2018. Es significativo que el escenario de referencia que toma la AIE para hacer su predicción sobre la evolución de la producción y demanda de petróleo contempla una recuperación del precio internacional del oro negro ya en 2017, a pesar de que sabemos que la recuperación de precio no será jamás duradera y que, al contrario, el precio irá oscilando cada vez más rápido a medida que nos adentremos en la espiral de destrucción de oferta - destrucción de demanda. A pesar de esa poco verosímil recuperación duradera del precio del petróleo que la AIE estima que debe comenzar en unos meses, la propia Agencia no debe contar con que se consolide la recuperación lo suficiente como para que los yacimientos que aún no se han puesto en explotación empiecen a producir, pues es justamente la producción que debería provenir de esos yacimientos el único tipo de petróleo que no está incluido en la figura 3.16 que reproduzco más arriba. Además, resulta llamativo que la AIE no haya puesto más que el horizonte productivo a diez años vista, cuando sus escenarios cubren 25 años. Tomemos, por tanto, un poco más de perspectiva.

Este año la AIE nos presenta una estadillo muy desglosado, con tipos de yacimiento que antes no distinguía, en su Tabla 3.11




Si uno representa los valores de esa tabla, sobre todo el horizonte de la previsión de la AIE (es decir, hasta 2040) y usando unos colores similares a los suyos, lo que se obtiene es lo siguiente.




Aquí he desglosado los tipos de yacimiento que no están incluidos en la Figura 3.16 en dos categorías: encontrados pero no aprobados para su explotación (franja roja) y por encontrar (franja lila). Incluyo también como categoría aparte las ganancias de proceso (franja amarilla), aunque en la Figura 3.16 está unida a "Otros". Por otro lado, no sólo represento los datos hasta 2040, sino que para mejorar la perspectiva del momento utilizo los datos de 2000, 2005 y 2010 que he recuperado de los anteriores WEOs. En los informes anteriores no había algunas de las categorías actuales de explotación; en particular, el petróleo convencional no venía desglosado en campos post-pico, de legado y en ascenso  (repasen el post sobre el WEO 2016 donde se explican estas categorías), así que he interpolado linealmente los datos para que el aspecto del gráfico sea más razonable (recordando que "legado" y "en ascenso" tienen como fecha convencionalmente fijada de arranque el año 2000, con lo que su valor ese año es cero), aceptando un pequeño grado de error con ello.

Del gráfico de arriba se ve claramente dónde está el problema: dada la actual pésima situación financiera de las compañías (que se remonta en realidad a 2011), no es previsible que se vayan a poner en explotación en ninguna fecha temprana los campos que ya cuentan con permiso de explotación pero que no se explotan, y tampoco parece probable que se pidan permisos para yacimientos ya identificados; peor aún, dados los recortes en exploración y desarrollo es probable que no se vayan a descubrir nuevos yacimientos a un ritmo ni medianamente comparable al de las dos pasadas décadas. Ése es el sentido de la Figura 3.16 con la que abro el post (y esa figura es todavía optimista, como ya explicaré cuando escriba la edición de este año de "El ocaso del petróleo").

Pongamos la cosa en mejor perspectiva: redibujemos la figura 3.16 pero usando los datos de la tabla 3.11 para completarla hasta 2040 y con datos de los anteriores WEOs para los años anteriores a 2015, para ver de dónde venimos y a dónde vamos.



Esta gráfica muestra claramente algunas de las cosas que llevamos tiempo comentando en este blog: que la producción de petróleo crudo convencional llegó a su máximo aproximadamente en 2005, que desde 2010 la producción de petróleo convencional empezó un suave declive y, finalmente, que 2015 es probablemente la fecha del peak oil, el temido momento a partir del cual la producción de todos los tipos de hidrocarburos líquidos (convencionales y no convencionales) llega a su máximo y a partir de ahí su declive es inexorable. La gráfica, empero, nos dice algunas cosas más: nos dice que, si no se recupera la inversión y los campos ahora mismo aparcados o simplemente no buscados no se ponen en línea, la producción de hidrocarburos líquidos caerá un 40% respecto al nivel actual en sólo 25 años (y eso sólo en volumen; esperen a que publique "El Ocaso del Petróleo: Edición de 2016" para ver la energía neta). 

Insisto: esa gráfica solamente representa los datos oficiales de la AIE; no he hecho ningún cálculo con ellos (aparte de la interpolación de los años anteriores a 2015, en todo caso valores históricos); por tanto, es tal cual lo que aparece en el informe. Y ya es bastante preocupante.

Delante de este hecho, me planteo varias preguntas, que quisiera trasladar públicamente a los responsables del Gobierno de mi nación:

- El Gobierno español es, como el resto de los gobiernos de la OCDE, receptor de este informe. Las personas al cargo de recibir el informe y valorarlo, ¿se han dado cuenta de la gravedad que translucen estos datos? 

- ¿Piensan emitir alguna recomendación oficial al Gobierno español para que se prepare para este escenario tan complicado que dibuja la AIE?

- Si la posición de las personas al cargo o incluso del propio Gobierno español es que confían en que las categorías de hidrocarburos líquidos no incluidas en la Figura 3.16 (recordemos: encontrado y no explotado, y por encontrar) compensarán el vacío observado, ¿han tenido en cuenta las previsiones de la AIE, que indican que para compensar la desinversión de estos años tendrían que aprobarse nuevos yacimientos a ritmos históricamente nunca vistos?




- Dada la gravedad de lo que se anticipa, ¿no cree el Gobierno español que debería pedir explicaciones más detalladas a la Agencia Internacional de la Energía?

- Si el Gobierno español decide inhibirse y no actuar delante de un asunto de tanto calado que, por lo que parece, va a manifestarse en los próximos pocos años, ¿no estaría incurriendo en una gravísima irresponsabilidad? ¿Puede el Gobierno español ignorar completamente los avisos, aún velados pero cada vez más claros, de un organismo de referencia como es la Agencia Internacional de la Energía?

Cuando vengan los problemas, no digan que no se les avisó, no digan que la información de la que disponían no era clara. Digan, más bien, que no supieron cómo reaccionar, que tuvieron miedo a las consecuencias, que prefirieron cerrar los ojos, como los niños, a ver si los problemas se desvanecían por sí solos. Pero, por desgracia, no estamos hablando de un problema de niños.

Salu2,
AMT